Gorsy, el percusionista africano

Stefano Mancuso, neurobiólogo vegetal, decía esta semana en La Vanguardia que el ser humano está obsesionado por “la inmigración, ya se trate de plantas, animales o seres humanos” para conseguir “preservar lo nuestro”.

Para Mancuso esto es un sinsentido ya que “la vida funciona a través de la migración. Nosotros llegamos a Europa desde África hace 30.000 años, que es nada. Y las plantas que crecen hoy aquí no son nativas, todas son plantas invasoras, empezando por las que nos alimentan. La idea de que nos tenemos que proteger de lo foráneo es una estupidez”.

¿Y qué es lo nuestro? 

¿Llorar, luchar, amar, reír, bailar…?

gorsy edu

Gorsy Edú Abaga. Foto: Fundación CajaCanarias (Facebook)

En eso pensaba durante el espectáculo de Gorsy Edu, el percusionista (leer su sinopsis merece la pena) a través del que nos acerca a la cultura y ritmos africanos, y en el que nos recordaba que “un niño del sur llora igual a un niño del norte”.

Gorsy narra a través de su música, de sus canciones y de sus tradiciones, la vida en una aldea de Guinea Ecuatorial donde el día a día es necesariamente más sencillo y más cómplice con la naturaleza que en nuestro mundo conocido. Donde se aprende de los sabios, los mayores; donde se vive en la Naturaleza, a la que hay que conocer y no tener miedo; y donde los niños “persiguen a sus padres para comer y no son los padres los que persiguen a los niños para que coman, como en Europa.”

Desde África también se habla de Europa. Primero con ilusión y esperanza, después con la frustración de anhelar un Dorado que rompe los sueños nada más llegar al continente: no tan solo por las dificultades para sobrevivir sino también por las nuevas cargas que el viajero tiene que cargar en la mochila: inmigrante, traficante, maleante…

Al final, la mayoría de los sapiens sapiens como decía Mancuso en su entrevista, nos creemos que el mundo es solo el nuestro, limitando nuestra capacidad de aprendizaje y de acogida, levantando muros, verjas y dejando morir a personas en mares, ríos y montañas.

Todos los presentes nos sentimos muy identificados con la historia de Gorsy. Con su infancia, con su sabio abuelo, con la necesidad de más humildad, de más bondad y hacia allí miramos para ver si todavía estábamos a tiempo de aprender a través de su música, de sus canciones y de sus historias… a vivir de otra manera.

 

 

 

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No es nuestra responsabilidad

Viñeta Morgan

La información no es poder. Quien tiene el poder tiene la capacidad de manejar la información a su antojo y en consecuencia a todos aquellos que nos la creemos.

Cada vez somos más manipulables y necesitaríamos un sentido hipercrítico para darnos cuenta de la realidad en este contexto de infoxicación con medios directos o a través de recursos más subliminales.

Ese exceso informativo sobre algunos asuntos en concreto nos van alineando a todos cual gota que horada una roca, con el objetivo de que tomemos una postura determinada en algunos de los temas que ocupan la agenda global. Ha pasado con las crisis, las guerras, con las revoluciones… sobre las que fuentes interesadas trasladan a los ciudadanos no solo las razones de tales acontecimientos sino también la responsabilidad de la solución de problemas que, como seres empáticos, hacemos nuestros por compasión o por similitud.

El hambre en el mundo, las epidemias, las guerras y ahora el cambio climático los recibimos cual pesada carga a la que hacer frente como si nosotros mismos, aún en torno a la sociedad civil organizada, tuviéramos alguna posibilidad de invertir la tendencia.

“Tenemos que aportar para paliar el hambre en el mundo, ahorrar para hacer frente a la descapitalización,  apadrinar a un niño para que tenga posibilidades de formación y educación, contribuir para que la vida en un campamento de refugiados sea más digna, reciclar y evitar el plástico…”

Pero, ¿hasta dónde llega nuestra contribución si quienes tienen los recursos, quienes tienen las herramientas no hacen nada para erradicar todos esos problemas? ¿Cuántas cuestaciones hacen falta para eliminar el hambre en cualquier ciudad del mundo?

¿Qué consecuencias tiene sobre nuestro planeta que los responsables ciudadanos seleccionen su residuos, transmitan menos tóxicos a la atmósfera si  después no hay un sistema operativo que convierta en beneficios dichas acciones? ¿Qué podemos hacer si no hay un cambio de modelo para que el progreso no traiga de la mano destrucción sino, al menos, sostenibilidad?.

El progreso ha dejado tirado al ser humano en la cuneta, esclavizándolo y sometiendo los recursos del planeta. Pero por mucho que cada uno de nosotros queramos cambiar, revertir la situación es casi imposible: el desarrollo de una parte del mundo se ha basado en la destrucción y en la desigualdad de la otra parte.

Cambiar las cosas debería llevarnos a una “retirada sostenible” como defendía John Gray en El País la semana pasada, en la que ni el gobierno ni ecologistas tienen hoy por hoy la razón, porque ¿quién está dispuesto a retroceder? y lo más importante, ¿cómo?

Y todo esto viene a cuento de una viñeta de Morgan , en la que se hacía eco de estas incongruencias del mundo occidental: te pido dinero para Siria, como ejemplo de cualquier país en guerra, mientras seguimos bombardeando…. o la de @fdefeminista en Instagram en la que se preguntan cómo nos están haciendo responsables a nosotros, unos pobres mindundis, de la responsabilidad del cambio climático.

No estoy en contra de la solidaridad, ni de la contribución que podemos hacer cada uno en el entorno que nos rodea e incluso más allá, pero me niego aceptar esa información asumida como mantra de que es nuestra exclusiva responsabilidad y que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades.

Vuelvo a escribir para que alguien me lea

Hace unos años me dejó perpleja escuchar a una consultora internacional, especializada en coaching, que el ser humano se dirigía inexorablemente a comunicarse exclusivamente través de la palabra hablada. “Tanto la lectura como la escritura son convenciones que nos han hecho superar los límites físicos temporales en la comunicación”, decía, pero se trata de habilidades adquiridas y perfeccionadas, no pertenecen intrínsecamente al ser humano.

Por ello, explicaba la coach, la tecnología nos llevaría inexorablemente a no tener que leer y escribir nunca más para comunicarnos o para adquirir conocimientos: vídeollamadas, notas de voz, reproducciones 3D: digamos que ver, oír, hablar… tocar, como sentidos primigenios, deberían superar a la lectura o a la escritura en una sociedad global y complicada como ésta.

Como contrapunto, el pasado mes de marzo, Jorge Maridrorriga ponía en valor tanto la lectura como la buena escritura en un artículo que tuvieron que comentar los jóvenes que se presentaron a la EBAU en Canarias, La civilización de la flamenca bailando. Su tesis nos recordaba la importancia de la lectura, de la escritura…pero de la buena lectura, de la buena escritura…no de la que se limita a sustituir palabras o conceptos por emoticonos más o menos acertados.

Llevamos muchos siglos estructurando nuestra sociedad en torno a la lectura, a la escritura. El desarrollo intelectual, la creatividad, y otros muchos valores más subjetivos como la empatía, la comprensión, la relatividad no se entienden sin la lectura; no se entienden sin la escritura.

Pero la irrupción precisamente de la tecnología está produciendo un punto de inflexión cultural en el que la velocidad y la distancia configuran una sociedad hiperconectada de peor calidad, de mensajes breves, memes, gifs, que nos hacen perder la capacidad de reflexión, de concentración …

Estamos inmersos en un proceso de adaptación, en un proceso de cambio, al que algunos nos resistimos más que otros, porque es difícil desechar aquello que ha formado parte de nuestra forma de ser, como individuo, como sociedad y como civilización.

La comunicación pierde calidad y secundando la tesis inicial se debería volver a hablar más… pero, mientras tanto, yo vuelvo a escribir para que alguien me lea.

 

¿Juventud u oportunidad?

Tras la irrupción en escena del nuevo líder del Partido Popular, Pablo Casado, muchos analistas han puesto el foco en la edad (y no en el género) de los líderes de los partidos políticos de corte estatal: Casado, Iglesias, Rivera, Sánchez…

Cierto es que se produce una renovación generacional tras 40 años de democracia, natural y lógica, diría yo, y que está precedida de otros relevos que se asumieron con más naturalidad: Franco falleció con 83 años y ante una nueva España, el cambio generacional encarnado en Adolfo Suárez tenía toda su lógica y su oportunidad. El país se abría a un nuevo futuro en el que no había cabida personas que no pudieran transmitir vitalidad e ilusión ya que la mayoría de ellas procedían del antiguo régimen.

Tras la era Obama, un político todavía joven, con carisma y proyección, llegó la era Trump que reflejaba todo lo contrario. No fue su edad la que se valoró, sino de nuevo la oportunidad de cambiar las cosas, de encontrar salida a una crisis sostenida en el tiempo para la que no había habido recetas de éxito. La elección por la antítesis.

En cualquier caso, el cambio generacional siempre asusta: trae nuevos modos. Asustaba a nuestros mayores cuando sus hijos y nietos adquirían nuevas costumbres, hablaban otros idiomas y otros lenguajes, o reclamaban más libertad y con otros códigos. Todas esas diferencias hacen tambalear lo propio, el modus, y entre los que ya hicieron su propia revolución se asienta lo de “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Pero hoy, este cambio generacional acelerado y sin mucho rumbo obedece a la oportunidad de liderar una sociedad desnortada y confundida por las vertiginosas transformaciones sociales y tecnológicas que ha agravado una crisis económica y de valores que llegó para quedarse.

Este escenario ha sido caldo de cultivo para una masa social maleable y volátil que basa su estabilidad en algo tan inestable como 280 caracteres en donde todo tiene que ser fresco, innovador, sorprendente, atractivo y fugaz.

A priori, es la oportunidad de lo nuevo lo que puede dar mejor respuesta y el cambio no debe dar miedo. Lo que sí se requiere es un esfuerzo de los de ahora y de los de siempre para adaptarse a los nuevos tiempos, unos desde la juventud y otros desde la experiencia.

Juventud, experiencia, clase social, género, formación…. son factores que pueden inclinar la balanza en un momento determinado. No quiero pensar que la edad es el único valor válido, creo que hay que añadir muchos otros como disponibilidad, capacidad de adaptación… En definitiva seguir avanzando, ser flexibles, seguir aprendiendo, y contribuir con ello a la sociedad, independientemente de los años y aprovechando todas las oportunidades.

 

 

 

 

 

 

 

 

La piedad

De todo lo que pasó la semana pasada quiero traer aquí, después de tanto tiempo sin escribir, la piedad que presupongo tuvieron con Mariano Rajoy sus asesores y su equipo más cercano, en los momentos previos a consumarse la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno español.

Piedad para no recomendarle que el jueves, pasada la hora de comer,  su sitio no estaba en el restaurante Arahy -ni mucho menos que pasara allí más de ocho horas- sino en su escaño en el Congreso o, en todo caso, en su despacho en La Moncloa.

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Mariano Rajoy saliendo del Arahy @abc_es

La situación era dura, se acababa una etapa y se acababa el tiempo del ya expresidente, y muchos no entendimos el por qué de esa imagen, el por qué no mantener el pulso hasta el final, como sí lo hizo la mayoría de la bancada popular en el Congreso.

Cuando el líder flaquea y los sentimientos afloran, como cualquier ser humano, el cariño y el respeto de los más cercanos puede impedirles insistir en seguir cuidando la imagen y anteponer el proyecto, o la estrategia, a la persona.

Pero es precisamente entonces, cuando no vienen dadas, cuando hay que ser más fuertes y firmes en esas consideraciones. Todos nos podemos ver arrastrados por las emociones tras años de trabajo y de compromiso, pero hay momentos, especialmente en política, en los que hay que hacer lo que hay que hacer, por encima de todo.

El perfil personal y profesional de los asesores de los responsables políticos o empresariales es complejo. Entrega y compromiso, mucha confianza e incluso amistad con sus superiores, pero siempre con un gran espíritu crítico y sentido común que les permita decir aquello que no quieren oír o que no les resulta cómodo.

En definitiva, alguien que le ponga los pies en el suelo, con el objetivo de conseguir los retos propuestos con el mínimo impacto negativo, social o corporativo. No hay sitio, en estos casos, para la amistad ni para la piedad… que pueden resultar, mal entendidas, terriblemente dañinas.