No es nuestra responsabilidad

Viñeta Morgan

La información no es poder. Quien tiene el poder tiene la capacidad de manejar la información a su antojo y en consecuencia a todos aquellos que nos la creemos.

Cada vez somos más manipulables y necesitaríamos un sentido hipercrítico para darnos cuenta de la realidad en este contexto de infoxicación con medios directos o a través de recursos más subliminales.

Ese exceso informativo sobre algunos asuntos en concreto nos van alineando a todos cual gota que horada una roca, con el objetivo de que tomemos una postura determinada en algunos de los temas que ocupan la agenda global. Ha pasado con las crisis, las guerras, con las revoluciones… sobre las que fuentes interesadas trasladan a los ciudadanos no solo las razones de tales acontecimientos sino también la responsabilidad de la solución de problemas que, como seres empáticos, hacemos nuestros por compasión o por similitud.

El hambre en el mundo, las epidemias, las guerras y ahora el cambio climático los recibimos cual pesada carga a la que hacer frente como si nosotros mismos, aún en torno a la sociedad civil organizada, tuviéramos alguna posibilidad de invertir la tendencia.

“Tenemos que aportar para paliar el hambre en el mundo, ahorrar para hacer frente a la descapitalización,  apadrinar a un niño para que tenga posibilidades de formación y educación, contribuir para que la vida en un campamento de refugiados sea más digna, reciclar y evitar el plástico…”

Pero, ¿hasta dónde llega nuestra contribución si quienes tienen los recursos, quienes tienen las herramientas no hacen nada para erradicar todos esos problemas? ¿Cuántas cuestaciones hacen falta para eliminar el hambre en cualquier ciudad del mundo?

¿Qué consecuencias tiene sobre nuestro planeta que los responsables ciudadanos seleccionen su residuos, transmitan menos tóxicos a la atmósfera si  después no hay un sistema operativo que convierta en beneficios dichas acciones? ¿Qué podemos hacer si no hay un cambio de modelo para que el progreso no traiga de la mano destrucción sino, al menos, sostenibilidad?.

El progreso ha dejado tirado al ser humano en la cuneta, esclavizándolo y sometiendo los recursos del planeta. Pero por mucho que cada uno de nosotros queramos cambiar, revertir la situación es casi imposible: el desarrollo de una parte del mundo se ha basado en la destrucción y en la desigualdad de la otra parte.

Cambiar las cosas debería llevarnos a una “retirada sostenible” como defendía John Gray en El País la semana pasada, en la que ni el gobierno ni ecologistas tienen hoy por hoy la razón, porque ¿quién está dispuesto a retroceder? y lo más importante, ¿cómo?

Y todo esto viene a cuento de una viñeta de Morgan , en la que se hacía eco de estas incongruencias del mundo occidental: te pido dinero para Siria, como ejemplo de cualquier país en guerra, mientras seguimos bombardeando…. o la de @fdefeminista en Instagram en la que se preguntan cómo nos están haciendo responsables a nosotros, unos pobres mindundis, de la responsabilidad del cambio climático.

No estoy en contra de la solidaridad, ni de la contribución que podemos hacer cada uno en el entorno que nos rodea e incluso más allá, pero me niego aceptar esa información asumida como mantra de que es nuestra exclusiva responsabilidad y que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades.

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Los hijos de los políticos

Greenpeace ha lanzado recientemente una campaña publicitaria sobre el cambio climático. En ella no se dirige a los políticos, que tienen en sus manos minimizar  su efecto, sino que los destinatarios son sus hijos ¿qué político o responsable público no quiere lo mejor para sus hijos? Teóricamente la respuesta es ninguno: todos deberían vivir y trabajar para proteger y empoderar a los suyos, sea cual sea el lugar en el que deseen vivir y la actividad que quieran desarrollar.

A lo largo de los años, y a medida que he sido consciente de las tropelías que cometemos contra el medio ambiente, siempre me he preguntado si aquellos que contaminan los ríos, intoxican los alimentos y deforestan los bosques, por la única razón de un beneficio inmediato y principalmente económico, no tienen familia con la que se reencuentran por la noche y con la que comparten actividades en el campo o la ciudad, y con la que sueñan con un mañana cualquiera.

Me sorprende que exista el concepto hijos en cierta mentalidad empresarial, política y/o estratégica mundial, o que en ella se presuponga una cierta dosis de inmunidad a los efectos derivados de los abusos que contribuyen a fomentar.

Pero esa indiferencia es una incomprensible ingenuidad. Ese horizonte, que está cada vez más lleno de terrorismo, sequías, desastres naturales y desigualdades, es el de todos: de los hijos de aquellos que toman las decisiones y de los que nos vemos obligados a asumirlas; y todos compartimos el mismo espacio y respiramos el mismo aire, entre el suelo y el cielo.

En un momento de mayor conciencia global, no concibo cómo  no existe otro criterio en esa dinámica que el inmediato aquí y ahora, el dinero y la dominación de unos sobre otros: controlar fronteras, recursos naturales, provocar guerras y seguir haciendo caja… ¿el futuro? que lo arreglen otros.

Eso debe estar pensando también Donald Trump, que tampoco apuesta por el esfuerzo de contribuir a un planeta más sostenible, también para sus hijos y nietos, ya que finalmente ha decidido retirar a EEUU del Acuerdo de París.

Ejemplos diarios del materialista y equivocado rumbo de quiénes, por causas del destino, establecen el nuestro y el de nuestros hijos.