Ser uno más en un todo útil

Ya es tradición recibir el resumen del año de WordPress y me sirve de medio perfecto para desear, a los que me siguen en este mundo digital, un buen 2015.

Este año ha vuelto a ser un poco extraño, imprevisto y desconcertante. Me pregunto si después de los 40 todos van a ser igual. Ha sido un año de dificultades, de alegrías, de ausencias injustificadas, de silencios no deseados, de palabras de aliento y de presencias enriquecedoras.

Sin duda, ha habido un poco de todo y, en estas últimas horas del año, me gustaría recordar a una persona muy querida que se marchó hace unos meses y que vivió como quiso … A pesar de sus dificultades y problemas de salud, siempre tenía una sonrisa y una palabra amable, un actitud dispuesta a ayudar, incluso para quién no la quería escuchar.

Ser uno mismo, ser una misma, parece ser la clave para lograr un cierta estabilidad y serenidad en este mundo cambiante y  manipulable; pero seguir las propias convicciones, la propia forma de ser, no tiene sentido si no se conjuga con los otros.

El yo por yo no hace nosotros, y sin ellos yo no tengo sentido: ni mi alegría, ni mi pena, ni mi éxito, ni mi fracaso.  Prefiero seguir el modelo de ser yo pero con empatía, solidaridad y paciencia hacia los que me rodean que imponerme unilateralmente.

Deseo, de corazón, que podamos ser nosotros mismos, en grupos de tres o cuatro, en comunidades de cincuenta o cien mil, en países de tres o cinco millones.  Ése es mi deseo para 2015, ser uno más en un todo útil para poder avanzar en los próximos 365 días.

¡Feliz Año Nuevo!

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 770 veces en 2014. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 13 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Anuncios

Fuego y cenizas: entre la ambición y los principios

Uno de los libros sobre los que más se habla este verano entre políticos y profesionales de comunicación política es Fuego y cenizas, de Michael Ignatieff (TAURUS).

Fuego y Cenizas/TAURUS

Ignatieff, heredero de una trayectoria familiar comprometida con la política, parecía ser la figura que Canadá necesitaba en un escenario de crisis y desencanto social: un hombre cabal, intelectual, culto y cosmopolita que podría haber sido el punto de inflexión para un verdadero cambio.

Todo quedó en nada, todo quedó en cenizas, y el por qué lo explica en un libro que no desanima a aquellos que quieren dedicarse a la política, pero en el que la describe tal cual es.

“A la política hay que entrar conociéndola, siendo un profesional de la política”. No está hecha para oportunistas ni para traspolar a su ring las artes de la literatura, la oratoria, así sin más; la política requiere de su lenguaje, de sus formas y sus estrategias propias.

La clave de un fracaso político reside principalmente en la falta de conexión con la sociedad, sin menospreciar el desgaste que suponen las intrigas y luchas de poder dentro de las propias fuerzas políticas, y los ataques más o menos efectivos de los adversarios.

La distensión entre electores y electorado no puede ser siempre teorizada, no puede ser siempre cuantificada, porque el mensaje puede ser recibido de manera diferente a como se emitió. Creo que Ignatieff, en su libro,  lanza una mirada crítica a los expertos en comunicación política. A las teorías, a los informes, a las estadísticas… Si la sociedad no te da “el derecho a ser escuchado” nada es posible.

Para el canadiense, lo importante es conocer de manera efectiva las necesidades reales del público objetivo. Y para ello  es imprescindible “bajar al terreno”, bajar al nivel de la calle, y aún así, el éxito no está garantizado.

“Si la política se convierte en virtual, y sólo se proyecta a través de las Redes Sociales o de la televisión, estaremos perdidos porque estaremos  en manos del aspecto teórico de la política, en mano de asesores y expertos, no en mano de la sociedad que nos demanda. La política tiene que ser algo corpóreo  porque la confianza es corpórea”.

Ignatieff en Toronto. Babelia

 

“En política el verdadero mensaje es el físico el que envían tus ojos y tus manos. Tu cuerpo debe comunicar que se puede confiar en ti”. El contacto físico, palpar la calle, ser uno más, aporta información que ningún estudio teórico puede dar.

Ese contacto viene a minimizar, según Ignatieff  “la brecha que existe con los votantes  y que no se puede cerrar totalmente ya que el político posee información que no es transmitible”. Aún así “siempre hay que darle más importancia  a las cuestiones que afectan a la gente en general, aunque sean menos numerosas que las que afectan al resto de políticos y periodistas del ramo”.

En ocasiones es difícil alejarse de la Política para centrarse en lo que de verdad percibe el ciudadano. Inmersos en una campaña política, en el desarrollo de una Ley o en el Gobierno de un país, se pierde fácilmente la perspectiva local y ésta es la que debe predominar y marcar la agenda.

Tampoco ese contacto le funcionó a Ignatieff porque, como él describe, también tuvo que lidiar con luchas internas y campañas agresivas que le atacaban desde el punto de vista personal.

Por ello hay que dominar muchos frentes para asumir un compromiso público, proponerse candidato y luchar por la victoria: no solo la buena presencia, la inteligencia y la oratoria son garantías de éxito.

Desde el punto de vista de la persona, de la intención, la primera pregunta que se hace en el libro es ¿por qué se entra en política? ¿Dónde empieza todo?

Ignatieff lo tiene claro, los canadienses estaban en la finalidad de su intención, pero también habia ambición y confianza en sus posibilidades.

Pocos politicos reconocerían que  buscan en  la política ambición de poder; muchos hablarían de compromiso social principalmente; pero sea cual fuere el objetivo de cada cual la ambición adquiere un protagonismo especial.

Según la RAE la ambición es el deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama. Como definición la caricaturiza, le otorga el aspecto superficial y negativo que lleva asociado el término: si para obtener poder tengo que trabajar por la comunidad, así sea.

Muchos le darían la vuelta: trabajando por los demás, entendiendo sus problemas se obtiene poder, pero también respeto, derecho a ser escuchado tal y como refiere Ignatieff en su libro. Conseguirlo no es nada fácil y hay que trabajar con mucha ilusión y también con ambición.

Sin ambición no hay políticos ya que también la podemos considerar como el deseo ardiente de hacer, mejorar, evolucionar; en definitiva rechazar ser un mero espectador de lo que acontece.

El buen político debe encontrar un equilibrio entre ambición y principios, entre poder y servicio. La dedicación política es un pacto con los ciudadanos pero también es un pacto entre actores que se mueven en un mismo ámbito. La vida pública es un gran acuerdo en en el que todas las partes tienen que contribuir y ceder en algo.

En definitiva establecer una línea en la seamos capaces de construir como dice Antoni Gutiérrez-Rubí (El relato en política), “un nosotros para formar parte de una historia común… y hacer Historia”.

Conseguir ese acuerdo no es facil, pero no se alcanza jamás malversando, prevaricando y delinquiendo fruto de “mal relacionar” poder, política y ambición.

El escenario debe cambiar, los protagonistas también.  Politicos ambiciosos que tengan como principal objetivo encontrar soluciones a los problemas complejos que plantea la sociedad hoy en día. Poder y principios no deberían ser incompatibles.

De raza

Con el tiempo se van marchando personajes imprescindibles para entender la Historia de España de los últimos años. Es el caso, estos días, de Iñaki Azkuna, despedido  en su tierra; y de Adolfo Suárez, cuya lucha por la vida se mantiene en un Hospital de Madrid.

En la prensa de hoy han coincidido los perfiles políticos y personales de ambos, cuyos rasgos configuran la esencia de lo que pienso debe ser un político, o un candidato a serlo. Interesante reflexionar sobre la vida de uno y otro, desarrolladas en ámbitos muy distintos: municipal y estatal;  y sacar en síntesis un decálogo, muy personal, de los aspectos que deberían figurar en el currículo, en la mochila, de cualquier candidato.

Dicen de Iñaki Azkuna que era un hombres, serio, luchador y fiel a sus convicciones; que ejercía la política con coherencia, con cercanía y fiel a su vocación de servicio público.

De Adolfo Suárez destaca su talante conciliador, su simpatía y don de gentes;  ese carisma  y capacidad de seducción que conectó tan bien con aquella televisión todavía de blanco y negro.  La empatía y su capacidad de sacrificio completan un perfil político que forma parte indisoluble de la Historia de España.

De ellos, de su manera de hacer política, se puede establecer un decálogo, mi To do list, de las cualidades que como líderes deben tener los candidatos y representantes políticos  en esta nueva transición política y social en la que se ha convertido la crisis.

De raza

1. En primer lugar vocación. Aunque parezca obvia no lo es tanto porque ello no solo implica gusto por lo público, también supone servir, sacrificarse, formarse y comprometerse.

2.  Humildad. No tener miedo a decir “no lo sé” o “no es posible”.

3. Creer firmemente en lo que se defiende. Mejor sería defender intensamente lo que se cree… pero gobernar requiere en muchas ocasiones de pactos y acuerdos.

4. Ser conciliador y tener capacidad de negociación.

5. Imprescindible tener criterio y mantenerlo. La coherencia es el timón de cualquier actividad política. Como decía Napoleón “un pueblo se deja guiar cuando se le muestra un porvenir”, cuando sabe a dónde va.

6. Abordar las soluciones de los problemas a largo plazo, con perspectiva histórica y de futuro.

7. No tener miedo a los cambios si estos dan respuesta a la demanda mayoritaria de la sociedad.

8. Imprescindible la empatía con la sociedad que representa, por la que trabaja. Cercanía, comunicación directa en los casos que sea posible y tomar decisiones en base a la verdadera realidad.

9. Una equilibrada relación entre el ser y parecer. Aspectos que he desarrollado en otra entrada de este blog pero que se podrían resumir en la necesaria capacidad de un político de comunicar, de trasladar lo que es, lo que hace y saber enviar los mensajes adecuados a través de  los soportes idóneos.

10. Ser, en definitiva, un  candidato de raza para que, como en cualquiera de ellas, “sus caracteres diferenciales se perpetúen por herencia” y por imitación.

Diplomacia y empatía

Cogiendo la propuesta de @breviaroclub analizo esta semana dos películas, In the Loop y La pesca del Salmón el Yemen con un hilo conductor más que sugerente, la diplomacia internacional.

Yo definiría diplomacia como  las relaciones entre países mediante representantes cualificados que toman decisiones en nombre de sus pueblos soberanos pero sin tener en cuenta, en la mayoría de las ocasiones, los verdaderos deseos de ese pueblo al que dicen representar.

Las decisiones de política internacional se toman principalmente por interés económico de un país sobre otro, por simpatías personales, por devolver un favor anterior, para bloquear a un tercero… Pero si algo tiene la diplomacia es que se rige por la voluntad: si la hay, la carta de acciones y opciones es inmensa.

La voluntad es la esencia de la acción diplomática, existiendo voluntad, y mucho dinero, todo es posible: pescar salmón en Yemen, originar una guerra, decidir el Nobel de La Paz, dividir a un país, volverlo a unir…

Otra cosa es la efectividad real de la diplomacia. Dice George Lakoff en su libro No pienses en un elefante, que la diplomacia a veces intenta solucionar con remedios superficiales lo que tiene solución si se abordará desde el origen: la solución superficial nunca será efectiva.

En ello pensaba al leer el libro de Julia Navarro, Dispara, yo ya estoy muerto, que aborda desde una dimensión personal y familiar la lucha entre árabes y judíos por Palestina, por la tierra prometida, por la tierra de sus ancestros… En muchas de sus páginas se hace referencia a cómo las decisiones se toman en función de intereses por encima del bienestar de los hombres y mujeres que vivían en aquella tierra…. Esta falta de vínculo con la verdadera realidad hace imposible poner remedio a la violencia desencadenada si no se retoma el gran conflicto desde sus inicios, desde su base: desde la legítima aspiración de un pueblo perseguido y de un pueblo sometido de tener una tierra propia para vivir en paz.

Siempre he pensado que el que presume de ilustrado, y occidente así lo hace, debería ponerse en el lugar de aquellos a los que quiere  ayudar, o marcar el futuro, y empezar a actuar pensando en como  los años de manipulación, extorsión y expolio han configurado un ser humano dispuesto a matar por un trozo de tierra, por un trozo de pan…

Ser empático (también en política internacional), ponerte en el lugar del otro, es la única manera que indica cómo actuar para enfrentarte, colaborar o compartir con él. A veces, casi nunca, la diplomacia es empática, tampoco la del Jeque que quería pescar salmón en Yemen, porque ni siquiera consideró lo que pensaban las personas que allí vivían, y por las que supuestamente hacía ese esfuerzo.

La empatía da sentido a los valores de cada parte, y debería servir también para dotar a la diplomacia de herramientas útiles que facilitasen las relaciones entre los pueblos, generar comercio y contribuir a una mayor seguridad para el planeta.

shutterstock_66992410

Para Lakoff la política exterior sana es aquella que responde a normas morales, pero tanto las políticas que toman como guía la moralidad como las que llevan aparejadas “otros intereses” las desarrollan personas; con nombres y apellidos.

Y ese es un tamiz fundamental para la efectividad de cualquier acción. No todo está predefinido en la esfera de relaciones mundiales, hay quién encuentra espacio para que su yo, visionario o cortoplacista, estadista o localista, se deje ver y contribuya al éxito o al fracaso.

Como ciudadana me gustaría que la diplomacia, aquella que me representa, fuera fuente de humanidad, respeto por el ser humano y su historia, que quién la tuviera que llevar a cabo estuviera comprometido con lo que hace; pero conociendo los cientos de intereses que mueven la actividad política exterior, sólo aspiro a que haya un cierto compromiso con el planeta en el que vivimos todos y con la Historia de cada pueblo.