Piel quemada

La manera de vestir es sin duda una tarjeta de visita, una presentación de quién eres y qué quieres llegar a ser, a veces qué o a quiénes representas, por lo que, desde un punto de vista de una figura pública, la etiqueta define o presenta nuestra personalidad.

En los últimos años queriendo convencer políticamente de un nuevo aire, muchos se han quitado la corbata y la chaqueta, pretendiendo transmitir con ello una cercanía y una nueva forma de hacer las cosas. Por supuesto que creo que fracasan en el intento, las ideas nada tiene que ver con la moda por mucho que ésta cambie.

Y llegamos a la Navidad, y se adueña de nosotros, como una más de nuestras tradiciones, la porra a ver qué presentadora, que no presentador, luce el mejor y más atrevido de los estilismos, quién enseña más o quién sugiere mejor.

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Lo que más me molesta de este linchamiento mediático a unas y otras presentadora no es, por supuesto que sean guapas y luzcan estupendas con vestidos de alta costura e intensa creatividad; sino que al final ese cuerpo, esa elegancia o la misma moda, quedan pisoteadas en una guerra de audiencias entre cadenas y con el cuerpo femenino, una vez más, utilizado como reclamo publicitario injustificado.

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El pecado no está en lucir el cuerpo, que cada una lo haga acorde a sus gustos y expectativas y según la ocasión, el pecado está en la burla y en una cierta utilización que queman esa piel y esa sonrisa en la hoguera de las vanidades.

 

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Votar en tiempos de revolución

La crisis económica, la irrupción de la nuevas tecnologías, los años de bienestar y la formación y educación que han recibido nuestros jóvenes, en relación a la sociedad de hace ¡solo! 40 años, han configurado una sociedad heterogénea y en la que un abismo de valores y conductas separa a grupos bien diferenciados.

Un pueblo humillado y vapuleado por la economía y la corrupción, está siendo entusiasmado por los mesías que imponen lo que “todos quieren oír” y cuyo único objetivo es el “jaque mate”,  desde la venganza o desde el desconocimiento del proceso que,  ¡solo! 40 años después, nos ha traído hasta aquí.

¿Es necesaria una revolución? Por supuesto y desde todos los ámbitos: la Iglesia fue la primera que se puso en marcha con Francisco a la cabeza, desde la tolerancia y la escucha; y, cierto es, que en la lentitud de reacción de los gobiernos ha estado una de las razones de la aparición de los nuevos salvadores de “tabla rasa”.

Sí, es necesario el cambio, pero si tanto presumimos de estar en el siglo XXI, ¿por qué tenemos que aplicar modelos y métodos que nos recuerdan al siglo XVIII? Destruir, arrasar y cortar cabezas para imponer algo diferente, algo nuevo. ¿Por qué no tomar de lo que existe lo mejor y respetar las reglas comunes y el trabajo que han hecho otros?

Estando de acuerdo con que esta sociedad es injusta e ingrata, no solo en España, y que muchos de los que están hoy intentando buscar soluciones fueron parte del problema, no es posible hacer borrón y cuenta nueva porque, la “nueva cuenta”, no es especialmente mejor que la vieja.

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 Imagen  New York Times

Lo que nos jugamos en las próximas elecciones, como en las del pasado diciembre, no es más empleo o mejor sanidad, nos jugamos nuestro modelo de sociedad que sí reconocemos enferma: más necesitada de medicinas que de pesticidas que terminen con ella.

Vivimos en tiempos de revolución, los cambios son vertiginosos, pero quienes creemos en el valor de los que tenemos, de lo que somos y hemos sido, deberíamos evitar que el cambio sea “a peor” y desenmascarar a quienes solo quieren la criminalización de los que, en un tiempo pasado, lo hicieron lo mejor que pudieron o supieron.

 

 

 

Fuera de tiesto

Resulta sorprendente que un señor, que en este caso es director de cine, vaya a recoger un premio nacional y que en sus imprevisibles palabras, en las que también agradeció tal reconocimiento, trasladara su falta de sentimiento español, de sentirse español: “No me he sentido español ni cinco minutos”.

No me escandaliza que no se identifique con el país, que prefiera otros autores a los españoles, cada uno que escoja los modelos con los que se sienta más cómodo; pero resulta paradójico, y hasta insultante, que haga estas manifestaciones al ir a recoger el Premio Nacional de Cinematografía por una carrera que ha desarrollado principalmente en España. Eso no lo haría, nunca, cualquier homólogo francés… en Francia.

Creo que cada ocasión tiene su oportunidad. Si el director de cine lo que quería hacer era una crítica política podría haber elegido otro ámbito u otro tono. Me llama la atención el énfasis en el escaso tiempo, “ni cinco minutos”, en el que se ha sentido español, precisamente en el momento que vive España ante la cita electoral del 27 de septiembre, en Cataluña.

Por lo que veo aquí lo que importa es hacer ruido y posicionarse a favor o en contra, sea donde sea, ante quien sea, y en las condiciones que sea pero, lamentablemente, fuera de tiesto. No se crítica para aportar sino para destruir, y para eso bien valen unas piedras o unos tocones.

Ilustración de Paul Blow

Ilustración de Paul Blow

Nos estamos acostumbrando, mal acostumbrando, a que ciertos voceros (desde micrófonos, estrados o escaños) utilicen la demagogia para poner siempre en ridículo a un sistema que, precisamente, es el mismo que les permite ser alguien en esta aldea global nacional: tanto para acceder a subvenciones como para acceder a un puesto de representación política.

En este país, pocas cosas han cambiado, y para mejor no sé si cambiarán, pero es lamentable que los titulares se sigan consiguiendo a base de incoherencias y frases grandilocuentes que no llevan a nada más, solo a la crispación.

Lo dicho… fuera de tiesto.

Aprender a desaprender

Leí en Facebook hace unos días una reflexión atribuida a Alvin Toffler que reproduzco a continuación:

“Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no puedan aprender, desaprender y reaprender”.

Tomo la cita, que imagino que se refería a las capacidades y habilidades para realizarse profesionalmente en el mercado laboral, y la interpreto desde el punto de vista emocional.

Con los amigos de mi quinta, la que supera ya la cuarentena, hablamos a menudo y ya desde hace años, sobre nuestra generación, generación bisagra, entre un mundo rígido y encorsetado y otros más espontáneo y flexible.

Coincidimos en que nos educaron para una sociedad que ya no existe, ni siquiera en los pueblos pequeños, en la que había unas cuantas verdades absolutas que marcaban la vida desde los primeros años: el amor y el trabajo para toda la vida (y único), la diferencia de sexos, la salud hasta la vejez, la idea de pecado, de maldad, de lo socialmente correcto. Un extenso catálogo con el que hoy poco podemos hacer.

Ya no vale repetir los patrones heredados porque con ellos nos damos de bruces contra la pared al intentar seguir en nuestras relaciones personales y sociales los caminos andados por otros.

Habiendo vivido esa experiencia de desaprender lo aprendido, creo que nuestros hijos se merecen una educación en la flexibilidad sin patrones preconcebidos de lo que puede llegar a ser el futuro. Una educación que refleje el mundo real y que proyecte habilidades, capacidades y conocimientos para saber afrontar lo que pueda venir, que es imprevisible e impredecible.

Y no creo que el modelo educativo que tenemos en España contribuya a esos perfiles, cuando no hay un acuerdo general sobre cómo queremos formar a nuestros niños, cuando se politizan los contenidos de las asignaturas, se establecen prejuicios y, lo que es peor, no se dan herramientas para analizar, contrastar y buscar alternativas.

Aprender a desaprender y volver aprender. El futuro es demasiado incierto para modos excesivamente rígidos y cuentos de hadas.

La doble vara

La sociedad, y cualquiera de nosotros como parte de ella, tiene una doble vara de medir los acontecimientos según pertenezcan al ámbito público o privado, y según estos tengan o no repercusión en los medios de comunicación o redes sociales.

Como ejemplo de que cualquier situación vista desde dentro tiene un cariz distinto al que se percibe desde fuera, podemos mencionar el clima pre-electoral que estamos viviendo en España desde hace meses, también en Canarias, caracterizado por primarias, debates sobre posibles candidatos y también por sólidos cierres de filas e indefinición de estrategia.

Los que apuestan por la diferencia, por el debate público tienen mucho en contra. Aparentemente vivimos en democracia y deberíamos considerar de una manera más natural y sosegada la divergencia  y  la crítica constructiva, así como las diferentes alternativas que dentro de una misma organización puedan presentarse por una razón muy simple: la enriquecen y la mejoran.

Pero la sociedad no acepta fácilmente el conflicto, aunque sea sano. ¿Por qué vemos con mejores ojos aquellas organizaciones en las que no se oye una opinión disonante, aunque las haya, y  en la que no se reflejan críticas ni alternativas diferentes?

Cualquiera apostaría, rápido y de boquilla,  por un sistema democrático de decisiones consesuadas o al menos debatidas, que haga valer cada opinión antes que un sistema autoritario y de imposición. Lamentablemente desde el punto de vista mediático la balanza se inclina  a favor del criterio único, del mensaje uniforme y del líder indiscutido.

Esta situación, esta doble vara de medir, es consecuencia de vivir cara a la galería sin un mensaje claro y cercano, al estilo de cualquier familia que no lava sus trapos sucios en público y sonríe feliz cada vez que sale a la calle. Cuando las discusiones se oyen desde la plaza el vecino dice: los Gómez tienen un problema. Y no es un problema, lo raro sería que no hubiera una discusión, que no podamos decir “tengo un problema y quiero buscar la solución” y que nos refugiemos en climas de falsa calma para fingir un “todo va bien”.

Cierto es que para poder entender bien todos esos procesos de debate sería necesario más transparencia, más sinceridad, más cercanía de las organizaciones al sentir de los ciudadanos. Pero… ¿estamos cómo ciudadanos preparados para esa transparencia? ¿Sabríamos procesarla?