Hoy son ellos

@ElHuffPost

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Hace unos meses escribí en este mismo blog Niños y víctimas, entristecida, por no decir espantada, por lo que estaba sucediendo en Gaza, por lo que estaban sufriendo los afectados por el Ébola en África…

Releyendo el texto no es necesario añadir más a lo que ya decía en aquel momento. Los que nos conmovemos podemos hacer bien poco, nada sin la acción contundente de quienes tienen los medios y los recursos.

Siempre hay sorpresas. Hoy me he encontrado con una iniciativa de una pareja alemana que busca alojamiento, a través de Internet, para aquellos que traspasan la frontera en sureste de Europa.

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Una pequeña ayuda para acoger, para ayudar a seres humanos, familias enteras, niños indefensos que huyen despavoridos para evitar encontrase con la muerte tan pronto. No son terroristas, no son delincuentes…

Imagino a esos padres llevando a sus hijos por desiertos y pantanos, en ocasiones, durante casi dos años con la idea de alargarles la vida, de retrasarles la muerte: “mejor morir intentándolo”.

¡Qué pronto parece olvidar Europa su propia Historia, las vidas de los cientos y miles que emigraron huyendo de una guerra, huyendo del hambre! No fue hace tanto y la mayoría encontraron tierras prometidas por el mundo: Alemania, Venezuela, Estados Unidos, Argentina, Australia…

Hoy son ellos, mañana podemos ser nosotros.

¿Y qué diferencia hay?

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Niños y víctimas

Una noche tranquila después de cenar.

Me emociono con la simple imagen de mi hija sentada en el suelo del salón, jugando…

Su única preocupación en ese momento es ver hasta cuando puede retrasar la hora de irse a la cama: una mirada de soslayo y un “ya voy” poco convincente son el mejor regalo de esa noche; quiero mantener esa imagen.

Lo que he visto ese día a través de los medios es terrible. Quisiera borrarlo, quisiera que no existiera, pero tristemente se añade a lo que me contaron la semana pasada y el mes pasado, y hace un año y dos y tres.

Niños hambrientos, niños heridos, niños sufriendo, niños moribundos por los suelos, niños guerreros, niños prostituyéndose.

Guerras, ataques, bombardeos, indiferencia…

Desde mi salón siento que no puedo hacer nada, ni siquiera es útil el ciberactivismo que solo me libera subjetivamente de la carga del silencio y de la pasividad que veo en otros, en aquellos que sí pueden hacer algo.

Todo este dolor por la indiferencia y la falta de humanidad se rebosa cuando escucho a Samuel Aranda, del New York Times, sobre sus sensaciones y percepciones en Sierra Leona donde realizó este reportaje fotográfico sobre los estragos del Ébola.

Resulta que los supuestos esfuerzos de las instituciones internacionales a través de sus representantes desplazados a los países más afectados forman parte de una operación de cara a la galería más que de un efectivo plan de contingencia. Mientras, en los llamados hospitales, vemos niños tirados por los suelos sucios e infectados con segundos de futuro en sus miradas.

Razones para la incapacidad de abordar el problema hay muchas: países desestructurados, falta de seguridad e higiene, hábitos,  dotación económica insuficiente…  Pero la incompetencia es también fruto de la mala gestión de los recursos, de las políticas territoriales de las grandes potencias, las guerras farmacéuticas y la corrupción a mansalva.

Mientras, seguimos mirando  para tantos y tantos sitios (África, Gaza, Siria..etc)  con la mirada de la indiferencia, como si ellos y nosotros no compartiéramos el mismo planeta y como si las situaciones  que les afectan hoy  no nos tocaran nunca. ¡Qué prepotencia!

Me pregunto a menudo qué pasaría si por las calles de Madrid, Londres o París los cadáveres se amontonaran por las plazas, si los niños que sufrieran, murieran, fueran los nuestros.

Parece lejano pero nuestros niños  también pueden ser víctimas de los desmanes inhumanos que se realizan diariamente en nombre de no sé qué credos o estrategias.

A veces  ser humano es incomprensiblemente inhumano.

Aprender a desaprender

Leí en Facebook hace unos días una reflexión atribuida a Alvin Toffler que reproduzco a continuación:

“Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no puedan aprender, desaprender y reaprender”.

Tomo la cita, que imagino que se refería a las capacidades y habilidades para realizarse profesionalmente en el mercado laboral, y la interpreto desde el punto de vista emocional.

Con los amigos de mi quinta, la que supera ya la cuarentena, hablamos a menudo y ya desde hace años, sobre nuestra generación, generación bisagra, entre un mundo rígido y encorsetado y otros más espontáneo y flexible.

Coincidimos en que nos educaron para una sociedad que ya no existe, ni siquiera en los pueblos pequeños, en la que había unas cuantas verdades absolutas que marcaban la vida desde los primeros años: el amor y el trabajo para toda la vida (y único), la diferencia de sexos, la salud hasta la vejez, la idea de pecado, de maldad, de lo socialmente correcto. Un extenso catálogo con el que hoy poco podemos hacer.

Ya no vale repetir los patrones heredados porque con ellos nos damos de bruces contra la pared al intentar seguir en nuestras relaciones personales y sociales los caminos andados por otros.

Habiendo vivido esa experiencia de desaprender lo aprendido, creo que nuestros hijos se merecen una educación en la flexibilidad sin patrones preconcebidos de lo que puede llegar a ser el futuro. Una educación que refleje el mundo real y que proyecte habilidades, capacidades y conocimientos para saber afrontar lo que pueda venir, que es imprevisible e impredecible.

Y no creo que el modelo educativo que tenemos en España contribuya a esos perfiles, cuando no hay un acuerdo general sobre cómo queremos formar a nuestros niños, cuando se politizan los contenidos de las asignaturas, se establecen prejuicios y, lo que es peor, no se dan herramientas para analizar, contrastar y buscar alternativas.

Aprender a desaprender y volver aprender. El futuro es demasiado incierto para modos excesivamente rígidos y cuentos de hadas.

Educación contra cualquier violencia de género

En estos días hemos conocido un informe en el que se pone de manifiesto la cantidad de mujeres que en Europa sufren en su piel violencia de género y agresiones sexuales. Se destaca que “en torno al 12 % de las encuestadas indicaron que habían experimentado alguna forma de agresión o  incidente sexual por parte de un adulto antes de los 15 años de edad”.  Me parece llamativo ese dato que refleja la agresión a las niñas, a las menores de edad, y que en la mayoría de los casos quedan impunes, por miedo a contarlo en casa, a denunciarlo.

Por ello no es extraña otra de las conclusiones de ese estudio, que cuantifica en un 53% las mujeres europeas que procuran evitar ciertos lugares o situaciones por temor a ser víctimas de agresiones físicas o sexuales, en contraposición a la escasa preocupación masculina.

Es paradójico, además, que Suecia tenga un porcentaje mucho mayor que Italia y España de mujeres que sufren violencia física y/o sexual por parte de su pareja desde los 15 años de edad.

Mujeres que sufren violencia física y/o sexual por parte de su pareja desde los 15años de edad.

Datos, datos, datos que lo que siguen evidenciando la falta de normalización de las relaciones entre sexos, independientemente de la nacionalidad, de la edad, de la clase social. Sin entrar a valorar el número, la proporción, la preocupación mayor o menor de las personas y los gobiernos por este asunto, me pregunto cómo se puede conseguir una relación igualitaria entre hombres y mujeres.

Y siempre me encuentro con la respuesta comodín,¡ contesta a tantas preguntas!: educación. A ella añadiríamos roles comunes, respeto, autoridad proporcionada, falta de sumisión y reconocimiento del otro y de la otra.

Educar en paridad, en responsabilidad, no sólo hace personas más cabales también hombres y mujeres que saben decir que no, que saben donde está el límite y que la autoridad se gana a base de respeto no a base de golpes ni humillaciones.

Soy de las que piensa que la violencia de género se da en los dos sentidos, del hombre a la mujer, y de la mujer al hombre, pero el peso de los siglos en los que la autoridad desproporcionada y el descarte de la mujer ha sido lo habitual, unido a la comercialización del sexo, empujan a algunos hombres a perder el control y exagerar ese deseo de posesión y de dominación hasta trágicas consecuencias.

No quiero ni mucho menos que se dé la vuelta a la tortilla, y que ahora donde estaban los hombres ahora se pongan las mujeres, me gustaría que fuéramos realmente paritarios, cada sexo con su entidad propia, o con la entidad que cada uno tenga,  y que desde la niñez se eduque en el respeto a lo que “es” el otro.

Miro a mis hijos y pienso en qué modelo de mujer y hombre les transmite esta sociedad. Creo que hoy, las mujeres, al menos las de mi entorno social y cultural, luchan, trabajan, educan e intentan disfrutar de la vida aunque siempre en un paso por detrás de los hombres en cuanto a promoción profesional se refiere.

Si éste es el rol socialmente aceptado, todavía hoy, mañana será el mismo. Mientras permitamos que alguien nos marque el camino, o que ese alguien siempre tenga la última palabra, nuestros hijos serán más autoritarios y nuestras hijas más sumisas, o viceversa, que de todo hay.

Depende de nosotros.

 

El secreto

Un microrrelato con algo de ficcion y un poco de realidad

Clara, de rodillas y con las manos escocidas de tanta lejía, seguía fregando el suelo con la letanía de lo harta que estaba de Doña Pura y sus manías. “Para que después venga su nieta y lo ponga todo perdido”, dijo alzando la voz. Cuando levantó la vista se encontró con Susana que, desde la puerta y en pijama, la observaba.

– “¿Qué haces Clara?”, susurró Susana.

-“Mocosa, déjame en paz”, gruñó la mujer.

– “¿Pero qué te pasa?”, insistió.

-“Que me dejes en paz  y dale la lata a tu tía María”.

– “Yo no tengo ninguna tía María, Clara”.

– “¿Cómo que no? “Te pareces mucho a ella”, insinuó. Susana dio media vuelta y fue a buscar a su abuela.

-“Abuela”, se oyó desde el fondo del pasillo, “Clara dice que tengo una tía que se llama Ma…”

-“¿¡Queeé!?”. El chillido de Doña Pura tuvo que haberse oído en todo el edificio y, antes de que la mujer le pidiera explicaciones, Clara cogió sus cosas y se marchó. Ya tras la puerta oyó cómo engañaba a la niña: “María está en Cuba”.

Clara estaba feliz, se había vengado de la vieja revelándole a su nieta la hija de la que nunca quiso hablarle: “Si la mocosa es lista averiguará toda la historia”.