El riesgo de estarse quieto

Habla Byung-Chul Han de ‘la sociedad del cansancio’ en 71 pequeñas páginas. En ellas define aspectos propios de la sociedad actual, con categoría de males, que forman parte del propio individuo: conviven y forman parte de los mecanismos que nos impulsan diariamente en el llamado mundo civilizado.

Los nuevos virus, para los que no hay respuesta inmunológica, tienen nombres tan sugestivos y positivos como rendimiento, exigencia, actividad, progreso… Estas llamadas lacras, cargadas de exceso de positividad como dice el autor, encierran trampas en las que el ser humano se mete de lleno y se puede hundir, si no se le pone remedio, en la depresión, el hastío, el cansancio…

Cansancio

Explica Han que hemos pasado de la sociedad del castigo a la sociedad del rendimiento, de la sociedad pasiva a la sociedad activa; y ninguno de esos calificativos son reflejo de mayor libertad en el ser humano.

El rendimiento se convierte en un exigente valor de la actividad de los hombres y mujeres que nunca tiene límites, ya que los ponemos nosotros mismos. No hay ser externo que nos marque el camino, es yo, cual especial dictador, el que no nos deja dormir, el que no nos deja vivir.

Por otro lado, el exceso de actividad se convierte en una carrera sin meta para cumplir todos los cánones del momento: trabajo, productividad, ocio, bienestar… Hay que hacer, hay que rendir, hay que comprar, hay que… y en nombre de todas esas obligaciones (justificadas o no), nos dejamos la piel, nos dejamos el alma y nos convertimos, como dice Han, en una sociedad cansada y limitada.

Al final, el más inteligente, el que disfruta de más libertad, es el que se queda quieto y mira a su interior.

¿Nos arriesgamos a ver pasar a los otros?

 

 

La utopía nos garantiza la esperanza

Sigo consternada por las imágenes que arroja la barbarie en Oriente Medio, situacion que por repetitiva e inútil es todavia más dolorosa y demuestra de lo que es capaz el ser humano para conseguir algunos objetivos.

¿Será cierto que no hay solución? ¿O es que no interesa que la haya? O mejor dicho, ¿será que sólo hay una solución que interesa?

Dejen de bombardear, dejen de matar. Pero no sólo es un ingenuo ruego a judíos y árabes, también a todos aquellos que matan a sus peones para intentar ganar una partida de ajedrez cuyo objetivo no tiene, ni si siquiera, una finalidad justa: solo petróleo, armas, gas, agua… En definitiva,  dinero y poder con el que contribuir al progreso de unos cuantos a costa de destruir vidas, territorios, patrimonio, medioambiente…

Ese progreso mal entendido, que aleja pueblos unos de otros y tecnologiza la vida cotidiana hasta límites absurdos, es un progreso que  falla si no va acorde con el ser humano, con la interdependencia de los pueblos y de los ecosistemas.

Hoy más que nunca, en el mundo globalizado, el efecto mariposa es devastador.

El progreso no es guerra, es inteligencia.  Como decía José Mújica, nos hemos olvidado de pensar como especie humana, la que habita este planeta, y ciertamente me da vergüenza que seres humanos cometan día sí y día también esas tropelías contra la misma humanidad de la que forman parte, sin querer ir más allá del yo más y tú menos.

Hoy llegó hasta mí un Manifiesto, Última Llamada, que pone el énfasis de la acción humana en el progreso inteligente, integrado en nuestro entorno, entre el suelo y el cielo, en donde habitamos todos.

“Necesitamos una sociedad que tenga como objetivo recuperar el equilibrio con la biosfera, y utilice la investigación, la tecnología, la cultura, la economía y la política para avanzar hacia ese fin”, no para aniquiliar al contrario, añadiría yo. “Necesitaremos para ello toda la imaginación política, generosidad moral y creatividad técnica que logremos desplegar (…) Estamos atrapados en la dinámica perversa de una civilización que si no crece no funciona, y si crece destruye las bases naturales que la hacen posible. Nuestra cultura, tecnólatra y mercadólatra, olvida que somos, de raíz, dependientes de los ecosistemas e interdependientes”.

El cambio de rumbo es complicado porque quien debiera impulsarlo, quien tiene los medios para ello, no está interesado o el sitema lo engulle con sus mecanismos viciados. Mientras, sigue siendo devastador presenciar como miles de personas sufren y mueren por otros  intereses.

Solo queda dar pequeños pasos y no temer a planteamientos de este tipo, por muy utópicos que parezcan, en los que visualicemos otro ser y otro estar de nuestra humanidad.

La utopía, al menos, nos garantiza la esperanza.

Mujer, política y futuro

Hace veinte años un joven tunecino me restregó en la cara su satisfacción porque las mujeres no gobernaban el mundo, si así fuera “le darían tantas vueltas a las cosas que no se avanzaría nunca”.

En estos días, y en torno a la celebración del Día de la Mujer Trabajadora, he podido encontrar varios los artículos y referencias a un nuevo papel que la mujer podría tener en política, en la toma de decisiones, dada la evidencia del fracaso del modelo actual, el estancamiento evidente y su inmovilismo.

En un vídeo elaborado por la Oficina de Información en España del Parlamento Europeo y la Comisión Europea, en el que se recogen testimonios de emprendedoras que se enfrentan a la crisis, se plantea que las mujeres abanderen el cambio social que la supere. Es necesario cambiar la perspectiva e introducir actitutes y aptitudes más propias de las mujeres que de los hombres para cambiar el sistema. Ver vídeo

Es cierto que hay mujeres en política, algunas con más éxito que otras, pero entiendo que el conflicto no es entre mujeres y hombres, sino entre lo masculino y lo femenino. Con toda probabilidad, la situación actual se deriva de aplicar demasiado pragmatismo, demasiadas matemáticas, relegando a un segundo plano al ser humano, sus sentimientos y su bienestar con la vista puesta en el progreso por el progreso. Un enfrentamiento entre los que algunos filósofos consideran la visión femenina, el sentido de la vida; y la visión masculina, la acción.

Decía Alessandro Manzoni que “no siempre aquello que viene después es progreso”, y estamos acostumbrados a relacionar progreso con dinero, y cuanto más y más inmediato mejor. ¿Qué sentido tiene? ¿Qué sentido ha tenido?

Hemos llegado a un punto en el que la actividad política, indispensable para solucionar los problemas y lograr el bienestar de los ciudadanos, está tan denigrada y desprestigiada por la acción de hombres y mujeres, que cambiar la tendencia es complicado.

En nombre de la Política, y también de la Democracia y de la Libertad, se ha ido a por más, sin saber muy bien para qué, lastrando día a día un sinfín de cosas importantes para el ser humano : amistad, salud, espiritualidad, naturaleza…  Sin ellas vivimos pero su carencia supone la aparición de insatisfacciones, estress, conflictos…

Por ello es necesario darle algo de calor y sentido a las decisiones que se toman en las instituciones, en las empresas, posiblemente “darle más vueltas a las cosas” y darle importancia a lo que de verdad la tiene. No concibo que las mujeres sustituyan a los hombres en la vida política. Entre todos debemos impulsar un nuevo concepto de hacer política con valores conjuntos que permita otro modelo de vida, que no sea ni masculino ni femenino pero que logre el equilibrio del ser humano.  Se trata de vivir pensando en el futuro que dejamos a nuestros hijos y parándonos a pensar si avanzar nos traerá un mañana que nos perjudica.