Fuego y cenizas: entre la ambición y los principios

Uno de los libros sobre los que más se habla este verano entre políticos y profesionales de comunicación política es Fuego y cenizas, de Michael Ignatieff (TAURUS).

Fuego y Cenizas/TAURUS

Ignatieff, heredero de una trayectoria familiar comprometida con la política, parecía ser la figura que Canadá necesitaba en un escenario de crisis y desencanto social: un hombre cabal, intelectual, culto y cosmopolita que podría haber sido el punto de inflexión para un verdadero cambio.

Todo quedó en nada, todo quedó en cenizas, y el por qué lo explica en un libro que no desanima a aquellos que quieren dedicarse a la política, pero en el que la describe tal cual es.

“A la política hay que entrar conociéndola, siendo un profesional de la política”. No está hecha para oportunistas ni para traspolar a su ring las artes de la literatura, la oratoria, así sin más; la política requiere de su lenguaje, de sus formas y sus estrategias propias.

La clave de un fracaso político reside principalmente en la falta de conexión con la sociedad, sin menospreciar el desgaste que suponen las intrigas y luchas de poder dentro de las propias fuerzas políticas, y los ataques más o menos efectivos de los adversarios.

La distensión entre electores y electorado no puede ser siempre teorizada, no puede ser siempre cuantificada, porque el mensaje puede ser recibido de manera diferente a como se emitió. Creo que Ignatieff, en su libro,  lanza una mirada crítica a los expertos en comunicación política. A las teorías, a los informes, a las estadísticas… Si la sociedad no te da “el derecho a ser escuchado” nada es posible.

Para el canadiense, lo importante es conocer de manera efectiva las necesidades reales del público objetivo. Y para ello  es imprescindible “bajar al terreno”, bajar al nivel de la calle, y aún así, el éxito no está garantizado.

“Si la política se convierte en virtual, y sólo se proyecta a través de las Redes Sociales o de la televisión, estaremos perdidos porque estaremos  en manos del aspecto teórico de la política, en mano de asesores y expertos, no en mano de la sociedad que nos demanda. La política tiene que ser algo corpóreo  porque la confianza es corpórea”.

Ignatieff en Toronto. Babelia

 

“En política el verdadero mensaje es el físico el que envían tus ojos y tus manos. Tu cuerpo debe comunicar que se puede confiar en ti”. El contacto físico, palpar la calle, ser uno más, aporta información que ningún estudio teórico puede dar.

Ese contacto viene a minimizar, según Ignatieff  “la brecha que existe con los votantes  y que no se puede cerrar totalmente ya que el político posee información que no es transmitible”. Aún así “siempre hay que darle más importancia  a las cuestiones que afectan a la gente en general, aunque sean menos numerosas que las que afectan al resto de políticos y periodistas del ramo”.

En ocasiones es difícil alejarse de la Política para centrarse en lo que de verdad percibe el ciudadano. Inmersos en una campaña política, en el desarrollo de una Ley o en el Gobierno de un país, se pierde fácilmente la perspectiva local y ésta es la que debe predominar y marcar la agenda.

Tampoco ese contacto le funcionó a Ignatieff porque, como él describe, también tuvo que lidiar con luchas internas y campañas agresivas que le atacaban desde el punto de vista personal.

Por ello hay que dominar muchos frentes para asumir un compromiso público, proponerse candidato y luchar por la victoria: no solo la buena presencia, la inteligencia y la oratoria son garantías de éxito.

Desde el punto de vista de la persona, de la intención, la primera pregunta que se hace en el libro es ¿por qué se entra en política? ¿Dónde empieza todo?

Ignatieff lo tiene claro, los canadienses estaban en la finalidad de su intención, pero también habia ambición y confianza en sus posibilidades.

Pocos politicos reconocerían que  buscan en  la política ambición de poder; muchos hablarían de compromiso social principalmente; pero sea cual fuere el objetivo de cada cual la ambición adquiere un protagonismo especial.

Según la RAE la ambición es el deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama. Como definición la caricaturiza, le otorga el aspecto superficial y negativo que lleva asociado el término: si para obtener poder tengo que trabajar por la comunidad, así sea.

Muchos le darían la vuelta: trabajando por los demás, entendiendo sus problemas se obtiene poder, pero también respeto, derecho a ser escuchado tal y como refiere Ignatieff en su libro. Conseguirlo no es nada fácil y hay que trabajar con mucha ilusión y también con ambición.

Sin ambición no hay políticos ya que también la podemos considerar como el deseo ardiente de hacer, mejorar, evolucionar; en definitiva rechazar ser un mero espectador de lo que acontece.

El buen político debe encontrar un equilibrio entre ambición y principios, entre poder y servicio. La dedicación política es un pacto con los ciudadanos pero también es un pacto entre actores que se mueven en un mismo ámbito. La vida pública es un gran acuerdo en en el que todas las partes tienen que contribuir y ceder en algo.

En definitiva establecer una línea en la seamos capaces de construir como dice Antoni Gutiérrez-Rubí (El relato en política), “un nosotros para formar parte de una historia común… y hacer Historia”.

Conseguir ese acuerdo no es facil, pero no se alcanza jamás malversando, prevaricando y delinquiendo fruto de “mal relacionar” poder, política y ambición.

El escenario debe cambiar, los protagonistas también.  Politicos ambiciosos que tengan como principal objetivo encontrar soluciones a los problemas complejos que plantea la sociedad hoy en día. Poder y principios no deberían ser incompatibles.

Dibujar la política

Los que estamos acostumbrados a trabajar con las palabras, como los periodistas, sabemos que no todas, aún siendo sinónimas, tienen el mismo efecto ni sobre el papel ni a voz alzada.

Por eso no me ha sorprendido tanto el ir y venir de términos que están definiendo la época en la que vivimos tomando como ejemplo estrella el rescate…al que podemos llamar tomate; pero también la desaceleración, la estabilidad del deterioro y… etc.

Pero esta situación eufemística ya es un exceso, y en ella quién comunica hace perder el referente de la realidad a  la sociedad  que se queja de la falta de claridad y concreción. En este sentido se lamentaba ayer un amigo: “en estos tiempos que estamos viviendo, parece que muchos están más preocupados por cómo definir los problemas que por cómo resolverlos”, y esto supone la inversión del orden natural que lanza al fracaso la comunicación y también la intención.

Hoy, tras escribir estas líneas anoche, leí un artículo de Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación y consultor político,  al que sigo y recomiendo a todos lo interesados en Comunicación y en Política. Gutiérrez-Rubí en su Blog de El País, Micropolítica, habla hoy de los Mapas mentales para la política, necesarios más que nunca dada la inseguridad y contradicción a la que estamos asistiendo en la gestión de esta crisis, en parte por la falta de una comunicación realmente efectiva, como he señalado en artículos anteriores.

La sociedad no encuentra eco en este “maremagnum” de declaraciones, terminología y responsabilidades (¿de quién?) y se produce un “itinerario lineal, previsible y redundante de la acción política”.

Esta situación es fruto, según Rubí, de un bloqueo de pensamiento que convierte la Comunicación Política en “una sucesión de pantallas que enlazan ideas o decisiones que no guardan sentido entre ellas”  y que impide “claridad a la exposición y por tanto a la idea”.

El abuso de esta táctica de ideas conectadas con incongruencias juega en contra de quién comunica porque les resta comprensión y a la larga credibilidad, ya que sólo pretende justificar las acciones o decisiones y éstas no están sujetas a una estrategia clara.

Para Rubí, la estrategia debe estar  conformada en un “mapa mental”, que trace al más puro estilo de guía/diagrama la mejor ruta para llegar a nuestro destino así como la estructura y organización del sistema que promovemos. Dibujar  y marcar visualmente el esquema de la política fomenta la creatividad “encontrando soluciones, enfoques y respuestas diferentes”.

Dibujar esta línea de acción facilita la labor de quiénes la diseñan, “mejorará la forma de organizar y comunicar las decisiones políticas”  y, consecuentemente, contribuirá a dar solidez a la posición de quiénes se ven obligados o impulsados a seguirla.

Para mí es la única manera de sortear con optimismo las vías sin aparente salida.