Lion

Cuánta fuerza puede haber en un niño, cuánta intuición y cuánta suerte para salir de la peor de las situaciones.

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Lion

 

Cuánta huella puede dejar esa vida azarosa en su personalidad definitiva cuando se encuentra, con cinco años, solo y perdido a 1.600 kilómetros de casa, en un país como la India.

Cuánta esperanza la de una madre que no cambió de lugar de residencia porque intuía que él podía volver.

Cuánta generosidad la de una pareja de australianos que adoptaron a dos niños indios, renunciando a tener sus hijos propios, con el objetivo de contribuir al bienestar de los que están sufriendo.

Cuánta indiferencia del primer mundo sobre lo que pasa en el segundo, o tercer mundo, que sólo se moviliza cuando le afecta directamente.

Cuánto niños que, sin tener nada, arriesgan su vida todos los días y son felices, saben amar y son generosos frente a muchos de los nuestros que, ante el exceso, nada les importa.

Si no han visto la película, no se la pierdan. Lion, con Dev Patel y Nicole Kidman

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Hoy son ellos

@ElHuffPost

@ElHuffPost

Hace unos meses escribí en este mismo blog Niños y víctimas, entristecida, por no decir espantada, por lo que estaba sucediendo en Gaza, por lo que estaban sufriendo los afectados por el Ébola en África…

Releyendo el texto no es necesario añadir más a lo que ya decía en aquel momento. Los que nos conmovemos podemos hacer bien poco, nada sin la acción contundente de quienes tienen los medios y los recursos.

Siempre hay sorpresas. Hoy me he encontrado con una iniciativa de una pareja alemana que busca alojamiento, a través de Internet, para aquellos que traspasan la frontera en sureste de Europa.

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Una pequeña ayuda para acoger, para ayudar a seres humanos, familias enteras, niños indefensos que huyen despavoridos para evitar encontrase con la muerte tan pronto. No son terroristas, no son delincuentes…

Imagino a esos padres llevando a sus hijos por desiertos y pantanos, en ocasiones, durante casi dos años con la idea de alargarles la vida, de retrasarles la muerte: “mejor morir intentándolo”.

¡Qué pronto parece olvidar Europa su propia Historia, las vidas de los cientos y miles que emigraron huyendo de una guerra, huyendo del hambre! No fue hace tanto y la mayoría encontraron tierras prometidas por el mundo: Alemania, Venezuela, Estados Unidos, Argentina, Australia…

Hoy son ellos, mañana podemos ser nosotros.

¿Y qué diferencia hay?

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Niños y víctimas

Una noche tranquila después de cenar.

Me emociono con la simple imagen de mi hija sentada en el suelo del salón, jugando…

Su única preocupación en ese momento es ver hasta cuando puede retrasar la hora de irse a la cama: una mirada de soslayo y un “ya voy” poco convincente son el mejor regalo de esa noche; quiero mantener esa imagen.

Lo que he visto ese día a través de los medios es terrible. Quisiera borrarlo, quisiera que no existiera, pero tristemente se añade a lo que me contaron la semana pasada y el mes pasado, y hace un año y dos y tres.

Niños hambrientos, niños heridos, niños sufriendo, niños moribundos por los suelos, niños guerreros, niños prostituyéndose.

Guerras, ataques, bombardeos, indiferencia…

Desde mi salón siento que no puedo hacer nada, ni siquiera es útil el ciberactivismo que solo me libera subjetivamente de la carga del silencio y de la pasividad que veo en otros, en aquellos que sí pueden hacer algo.

Todo este dolor por la indiferencia y la falta de humanidad se rebosa cuando escucho a Samuel Aranda, del New York Times, sobre sus sensaciones y percepciones en Sierra Leona donde realizó este reportaje fotográfico sobre los estragos del Ébola.

Resulta que los supuestos esfuerzos de las instituciones internacionales a través de sus representantes desplazados a los países más afectados forman parte de una operación de cara a la galería más que de un efectivo plan de contingencia. Mientras, en los llamados hospitales, vemos niños tirados por los suelos sucios e infectados con segundos de futuro en sus miradas.

Razones para la incapacidad de abordar el problema hay muchas: países desestructurados, falta de seguridad e higiene, hábitos,  dotación económica insuficiente…  Pero la incompetencia es también fruto de la mala gestión de los recursos, de las políticas territoriales de las grandes potencias, las guerras farmacéuticas y la corrupción a mansalva.

Mientras, seguimos mirando  para tantos y tantos sitios (África, Gaza, Siria..etc)  con la mirada de la indiferencia, como si ellos y nosotros no compartiéramos el mismo planeta y como si las situaciones  que les afectan hoy  no nos tocaran nunca. ¡Qué prepotencia!

Me pregunto a menudo qué pasaría si por las calles de Madrid, Londres o París los cadáveres se amontonaran por las plazas, si los niños que sufrieran, murieran, fueran los nuestros.

Parece lejano pero nuestros niños  también pueden ser víctimas de los desmanes inhumanos que se realizan diariamente en nombre de no sé qué credos o estrategias.

A veces  ser humano es incomprensiblemente inhumano.

Diplomacia y empatía

Cogiendo la propuesta de @breviaroclub analizo esta semana dos películas, In the Loop y La pesca del Salmón el Yemen con un hilo conductor más que sugerente, la diplomacia internacional.

Yo definiría diplomacia como  las relaciones entre países mediante representantes cualificados que toman decisiones en nombre de sus pueblos soberanos pero sin tener en cuenta, en la mayoría de las ocasiones, los verdaderos deseos de ese pueblo al que dicen representar.

Las decisiones de política internacional se toman principalmente por interés económico de un país sobre otro, por simpatías personales, por devolver un favor anterior, para bloquear a un tercero… Pero si algo tiene la diplomacia es que se rige por la voluntad: si la hay, la carta de acciones y opciones es inmensa.

La voluntad es la esencia de la acción diplomática, existiendo voluntad, y mucho dinero, todo es posible: pescar salmón en Yemen, originar una guerra, decidir el Nobel de La Paz, dividir a un país, volverlo a unir…

Otra cosa es la efectividad real de la diplomacia. Dice George Lakoff en su libro No pienses en un elefante, que la diplomacia a veces intenta solucionar con remedios superficiales lo que tiene solución si se abordará desde el origen: la solución superficial nunca será efectiva.

En ello pensaba al leer el libro de Julia Navarro, Dispara, yo ya estoy muerto, que aborda desde una dimensión personal y familiar la lucha entre árabes y judíos por Palestina, por la tierra prometida, por la tierra de sus ancestros… En muchas de sus páginas se hace referencia a cómo las decisiones se toman en función de intereses por encima del bienestar de los hombres y mujeres que vivían en aquella tierra…. Esta falta de vínculo con la verdadera realidad hace imposible poner remedio a la violencia desencadenada si no se retoma el gran conflicto desde sus inicios, desde su base: desde la legítima aspiración de un pueblo perseguido y de un pueblo sometido de tener una tierra propia para vivir en paz.

Siempre he pensado que el que presume de ilustrado, y occidente así lo hace, debería ponerse en el lugar de aquellos a los que quiere  ayudar, o marcar el futuro, y empezar a actuar pensando en como  los años de manipulación, extorsión y expolio han configurado un ser humano dispuesto a matar por un trozo de tierra, por un trozo de pan…

Ser empático (también en política internacional), ponerte en el lugar del otro, es la única manera que indica cómo actuar para enfrentarte, colaborar o compartir con él. A veces, casi nunca, la diplomacia es empática, tampoco la del Jeque que quería pescar salmón en Yemen, porque ni siquiera consideró lo que pensaban las personas que allí vivían, y por las que supuestamente hacía ese esfuerzo.

La empatía da sentido a los valores de cada parte, y debería servir también para dotar a la diplomacia de herramientas útiles que facilitasen las relaciones entre los pueblos, generar comercio y contribuir a una mayor seguridad para el planeta.

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Para Lakoff la política exterior sana es aquella que responde a normas morales, pero tanto las políticas que toman como guía la moralidad como las que llevan aparejadas “otros intereses” las desarrollan personas; con nombres y apellidos.

Y ese es un tamiz fundamental para la efectividad de cualquier acción. No todo está predefinido en la esfera de relaciones mundiales, hay quién encuentra espacio para que su yo, visionario o cortoplacista, estadista o localista, se deje ver y contribuya al éxito o al fracaso.

Como ciudadana me gustaría que la diplomacia, aquella que me representa, fuera fuente de humanidad, respeto por el ser humano y su historia, que quién la tuviera que llevar a cabo estuviera comprometido con lo que hace; pero conociendo los cientos de intereses que mueven la actividad política exterior, sólo aspiro a que haya un cierto compromiso con el planeta en el que vivimos todos y con la Historia de cada pueblo.