Cuatro años y… todo sigue igual

O peor.

Hace cuatro años empecé a escribir este blog como respuesta a la incertidumbre que arrojaba la crisis económica, la incapacidad política para abordarla y la desilusión y desafección de la sociedad.

Hace cuatro años hablaba de Comunicación en tiempos revueltos, de cómo hacía falta mayor empatía de los políticos hacia los ciudadanos, de cómo se echaba en falta “el ejemplo de los más visibles”, para poder conseguir un objetivo común.

He hablado de líderes, de cómo gestionar la incertidumbre, de cómo hacer mejor la política, de cómo transmitirla, y no solo a nivel local o nacional, también a nivel internacional: Releyendo diplomacia y empatía, me sorprenden la vigencia de mis palabras en la situación actual que vivimos con la amenaza del terrorismo, con la indiferencia hacia los más afectados por las guerras, por las epidemias, …. ¿De qué raza, o casta,  nos creemos, para pensar que a ellos sí les toca, pero a nosotros, a los nuestros, no?

Tras cuatro años, me desilusionan hasta mis propias palabras alojadas en esa utopía que siempre nos podría salvar y nos permitiría dejar atrás la selva en la que vivimos y en la que solo hay una regla: sobrevivir a toda costa.

Tras cuatro años, llegan los papeles de Panamá, una gota más que desilusiona, aleja y nos desvincula unos de otros en el espacio común en el que a todos nos afecta lo de todos, ese lugar que compartimos… #entreelsueloyelcielo.

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¿Cómo será dentro de cuatro años? Gracias por estar ahí…al otro lado del teclado.

 

El complejo de Dios

Tim Harford presenta, en el vídeo que incluyo en este post, un concepto en el que he pensado muchas veces en los últimos años sin ponerle nombre: el complejo de Dios.

Harford se refiere al complejo que tienen todos aquellos que se creen infalibles y se sienten capaces, con dos datos y tres teorías, de solucionar los problemas de un mundo muy complejo y prácticamente intangible. Él propone el modelo de ensayo y error para buscar soluciones, ya sea en la política, en la economía, en la medicina…

En el ámbito de la política, de la comunicación política, pone en valor la humildad (uno de los rasgos de un líder de raza) para reconocer lo que es difícil de afrontar, lo que es complicado de solucionar; aliando esa humildad con la voluntad de cambiar las cosas: “No sé cómo hacerlo pero quiero hacerlo, vamos a probar”.

Para que este mensaje tenga éxito entre los ciudadanos haría falta que ellos mismos, yo misma, fueran receptivos a este tipo de mensaje y no exigieran a quienes les representan, les dirigen, ser una especie de mesías  en cuyas manos recostarnos para que nos solucionen todos los problemas.

Y ello en todos los ámbitos.

Esta relación de dependencia “a ciegas” se vive también en la gestión de las crisis sanitarias o emergencias. Aún cuando las ciencias que monitorizan, entre otras, las epidemias, las erupciones y los tsunamis, no son exactas, se pide y se presiona a sus científicos y responsables para que den una repuesta clara e inequívoca: y no siempre la hay.

En este punto, y les dejo con el magnífico vídeo de Harford, recuerdo la anécdota del pavo extraída del libro “El Cisne Negro” (El impacto de lo altamente improbable) de Nassim Nicholas Taleb

Imaginemos un pavo que está en un corral. Todos los días el pavo es alimentado por un ser humano, el pavo cree entonces que el humano es bueno y es el encargado de alimentarlo, todo los días esta creencia tiene un reforzamiento positivo, durante todo un año el humano va al corral y alimenta a el pavo, es todo lo que el pavo conoce. Un día, ante lo que el pavo percibía como improbable, el humano lo toma, lo mata y lo sirve en el día de acción de gracias.

Por ello me gusta decir que “preparados para lo previsto surge lo imprevisto”, y esto último es más común en nuestra naturaleza de lo que queremos reconocer.

Fuego y cenizas: entre la ambición y los principios

Uno de los libros sobre los que más se habla este verano entre políticos y profesionales de comunicación política es Fuego y cenizas, de Michael Ignatieff (TAURUS).

Fuego y Cenizas/TAURUS

Ignatieff, heredero de una trayectoria familiar comprometida con la política, parecía ser la figura que Canadá necesitaba en un escenario de crisis y desencanto social: un hombre cabal, intelectual, culto y cosmopolita que podría haber sido el punto de inflexión para un verdadero cambio.

Todo quedó en nada, todo quedó en cenizas, y el por qué lo explica en un libro que no desanima a aquellos que quieren dedicarse a la política, pero en el que la describe tal cual es.

“A la política hay que entrar conociéndola, siendo un profesional de la política”. No está hecha para oportunistas ni para traspolar a su ring las artes de la literatura, la oratoria, así sin más; la política requiere de su lenguaje, de sus formas y sus estrategias propias.

La clave de un fracaso político reside principalmente en la falta de conexión con la sociedad, sin menospreciar el desgaste que suponen las intrigas y luchas de poder dentro de las propias fuerzas políticas, y los ataques más o menos efectivos de los adversarios.

La distensión entre electores y electorado no puede ser siempre teorizada, no puede ser siempre cuantificada, porque el mensaje puede ser recibido de manera diferente a como se emitió. Creo que Ignatieff, en su libro,  lanza una mirada crítica a los expertos en comunicación política. A las teorías, a los informes, a las estadísticas… Si la sociedad no te da “el derecho a ser escuchado” nada es posible.

Para el canadiense, lo importante es conocer de manera efectiva las necesidades reales del público objetivo. Y para ello  es imprescindible “bajar al terreno”, bajar al nivel de la calle, y aún así, el éxito no está garantizado.

“Si la política se convierte en virtual, y sólo se proyecta a través de las Redes Sociales o de la televisión, estaremos perdidos porque estaremos  en manos del aspecto teórico de la política, en mano de asesores y expertos, no en mano de la sociedad que nos demanda. La política tiene que ser algo corpóreo  porque la confianza es corpórea”.

Ignatieff en Toronto. Babelia

 

“En política el verdadero mensaje es el físico el que envían tus ojos y tus manos. Tu cuerpo debe comunicar que se puede confiar en ti”. El contacto físico, palpar la calle, ser uno más, aporta información que ningún estudio teórico puede dar.

Ese contacto viene a minimizar, según Ignatieff  “la brecha que existe con los votantes  y que no se puede cerrar totalmente ya que el político posee información que no es transmitible”. Aún así “siempre hay que darle más importancia  a las cuestiones que afectan a la gente en general, aunque sean menos numerosas que las que afectan al resto de políticos y periodistas del ramo”.

En ocasiones es difícil alejarse de la Política para centrarse en lo que de verdad percibe el ciudadano. Inmersos en una campaña política, en el desarrollo de una Ley o en el Gobierno de un país, se pierde fácilmente la perspectiva local y ésta es la que debe predominar y marcar la agenda.

Tampoco ese contacto le funcionó a Ignatieff porque, como él describe, también tuvo que lidiar con luchas internas y campañas agresivas que le atacaban desde el punto de vista personal.

Por ello hay que dominar muchos frentes para asumir un compromiso público, proponerse candidato y luchar por la victoria: no solo la buena presencia, la inteligencia y la oratoria son garantías de éxito.

Desde el punto de vista de la persona, de la intención, la primera pregunta que se hace en el libro es ¿por qué se entra en política? ¿Dónde empieza todo?

Ignatieff lo tiene claro, los canadienses estaban en la finalidad de su intención, pero también habia ambición y confianza en sus posibilidades.

Pocos politicos reconocerían que  buscan en  la política ambición de poder; muchos hablarían de compromiso social principalmente; pero sea cual fuere el objetivo de cada cual la ambición adquiere un protagonismo especial.

Según la RAE la ambición es el deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama. Como definición la caricaturiza, le otorga el aspecto superficial y negativo que lleva asociado el término: si para obtener poder tengo que trabajar por la comunidad, así sea.

Muchos le darían la vuelta: trabajando por los demás, entendiendo sus problemas se obtiene poder, pero también respeto, derecho a ser escuchado tal y como refiere Ignatieff en su libro. Conseguirlo no es nada fácil y hay que trabajar con mucha ilusión y también con ambición.

Sin ambición no hay políticos ya que también la podemos considerar como el deseo ardiente de hacer, mejorar, evolucionar; en definitiva rechazar ser un mero espectador de lo que acontece.

El buen político debe encontrar un equilibrio entre ambición y principios, entre poder y servicio. La dedicación política es un pacto con los ciudadanos pero también es un pacto entre actores que se mueven en un mismo ámbito. La vida pública es un gran acuerdo en en el que todas las partes tienen que contribuir y ceder en algo.

En definitiva establecer una línea en la seamos capaces de construir como dice Antoni Gutiérrez-Rubí (El relato en política), “un nosotros para formar parte de una historia común… y hacer Historia”.

Conseguir ese acuerdo no es facil, pero no se alcanza jamás malversando, prevaricando y delinquiendo fruto de “mal relacionar” poder, política y ambición.

El escenario debe cambiar, los protagonistas también.  Politicos ambiciosos que tengan como principal objetivo encontrar soluciones a los problemas complejos que plantea la sociedad hoy en día. Poder y principios no deberían ser incompatibles.

Un golpe de timón real

Después de dos años de fuerte crisis institucional en la Monarquía, el Rey ha cedido el testigo de la corona a su hijo Felipe. Sin duda un buen y revelador momento aunque se haya hecho con cierta prisa.

El sistema político de España, tras la transición, se ha basado en dos pilares principales la Monarquía y la representación política bipartita. Hoy, tras los resultados de las elecciones del 25 de mayo, no hay ninguno de ellos que no se tambalee y que pueda garantizar su propia continuidad.

El titular del discurso del Rey tras su abdicación es claro. Es necesario que pase a primera línea “una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender las reformas”

Sin cambio no hay avance

Sin cambio no hay avance

Un relevo … ¿para que todo siga igual o para que se produzca un verdadero avance?

Bajo el reinado de Felipe VI, la monarquía tendrá que cambiar de rumbo para ser garante de la estabilidad del país, a la que no ha contribuido en los últimos años. No tengo duda que tendremos nuevo Rey en breve, pero no sé hasta qué punto el sistema se podrá mantener más allá.

Los partidos políticos, y con ellos las instituciones, tendrán que plantear la solución de los problemas que afectan a España desde la perspectiva de la gente, más estrechamente ligada a sus necesidades y carencias; reformando la Constitución si ello fortaleciera los vínculos que unen a España.  De otra forma, la soberanía dejaría de residir definitivamente en el pueblo.

Y si todo ello no se produce, no lamentaremos que partidos políticos de nuevo cuño irrumpan queriendo cambiar moldes, clichés y conductas viciadas; lamentaremos otro tipo de movimientos a los que el sistema, entonces demasiado arcaico, no podrä hacer frente.

No quisiera creer, que este anuncio, una semana después de las Elecciones Europeas, sólo sirva para hacer efectivo un relevo anunciado y para acallar esas voces disonantes con el status quo actual. Se habría perdido una oportunidad de oro para poner a punto este maltrecho país con un golpe de timón real.

 

De raza

Con el tiempo se van marchando personajes imprescindibles para entender la Historia de España de los últimos años. Es el caso, estos días, de Iñaki Azkuna, despedido  en su tierra; y de Adolfo Suárez, cuya lucha por la vida se mantiene en un Hospital de Madrid.

En la prensa de hoy han coincidido los perfiles políticos y personales de ambos, cuyos rasgos configuran la esencia de lo que pienso debe ser un político, o un candidato a serlo. Interesante reflexionar sobre la vida de uno y otro, desarrolladas en ámbitos muy distintos: municipal y estatal;  y sacar en síntesis un decálogo, muy personal, de los aspectos que deberían figurar en el currículo, en la mochila, de cualquier candidato.

Dicen de Iñaki Azkuna que era un hombres, serio, luchador y fiel a sus convicciones; que ejercía la política con coherencia, con cercanía y fiel a su vocación de servicio público.

De Adolfo Suárez destaca su talante conciliador, su simpatía y don de gentes;  ese carisma  y capacidad de seducción que conectó tan bien con aquella televisión todavía de blanco y negro.  La empatía y su capacidad de sacrificio completan un perfil político que forma parte indisoluble de la Historia de España.

De ellos, de su manera de hacer política, se puede establecer un decálogo, mi To do list, de las cualidades que como líderes deben tener los candidatos y representantes políticos  en esta nueva transición política y social en la que se ha convertido la crisis.

De raza

1. En primer lugar vocación. Aunque parezca obvia no lo es tanto porque ello no solo implica gusto por lo público, también supone servir, sacrificarse, formarse y comprometerse.

2.  Humildad. No tener miedo a decir “no lo sé” o “no es posible”.

3. Creer firmemente en lo que se defiende. Mejor sería defender intensamente lo que se cree… pero gobernar requiere en muchas ocasiones de pactos y acuerdos.

4. Ser conciliador y tener capacidad de negociación.

5. Imprescindible tener criterio y mantenerlo. La coherencia es el timón de cualquier actividad política. Como decía Napoleón “un pueblo se deja guiar cuando se le muestra un porvenir”, cuando sabe a dónde va.

6. Abordar las soluciones de los problemas a largo plazo, con perspectiva histórica y de futuro.

7. No tener miedo a los cambios si estos dan respuesta a la demanda mayoritaria de la sociedad.

8. Imprescindible la empatía con la sociedad que representa, por la que trabaja. Cercanía, comunicación directa en los casos que sea posible y tomar decisiones en base a la verdadera realidad.

9. Una equilibrada relación entre el ser y parecer. Aspectos que he desarrollado en otra entrada de este blog pero que se podrían resumir en la necesaria capacidad de un político de comunicar, de trasladar lo que es, lo que hace y saber enviar los mensajes adecuados a través de  los soportes idóneos.

10. Ser, en definitiva, un  candidato de raza para que, como en cualquiera de ellas, “sus caracteres diferenciales se perpetúen por herencia” y por imitación.