¿Juventud u oportunidad?

Tras la irrupción en escena del nuevo líder del Partido Popular, Pablo Casado, muchos analistas han puesto el foco en la edad (y no en el género) de los líderes de los partidos políticos de corte estatal: Casado, Iglesias, Rivera, Sánchez…

Cierto es que se produce una renovación generacional tras 40 años de democracia, natural y lógica, diría yo, y que está precedida de otros relevos que se asumieron con más naturalidad: Franco falleció con 83 años y ante una nueva España, el cambio generacional encarnado en Adolfo Suárez tenía toda su lógica y su oportunidad. El país se abría a un nuevo futuro en el que no había cabida personas que no pudieran transmitir vitalidad e ilusión ya que la mayoría de ellas procedían del antiguo régimen.

Tras la era Obama, un político todavía joven, con carisma y proyección, llegó la era Trump que reflejaba todo lo contrario. No fue su edad la que se valoró, sino de nuevo la oportunidad de cambiar las cosas, de encontrar salida a una crisis sostenida en el tiempo para la que no había habido recetas de éxito. La elección por la antítesis.

En cualquier caso, el cambio generacional siempre asusta: trae nuevos modos. Asustaba a nuestros mayores cuando sus hijos y nietos adquirían nuevas costumbres, hablaban otros idiomas y otros lenguajes, o reclamaban más libertad y con otros códigos. Todas esas diferencias hacen tambalear lo propio, el modus, y entre los que ya hicieron su propia revolución se asienta lo de “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Pero hoy, este cambio generacional acelerado y sin mucho rumbo obedece a la oportunidad de liderar una sociedad desnortada y confundida por las vertiginosas transformaciones sociales y tecnológicas que ha agravado una crisis económica y de valores que llegó para quedarse.

Este escenario ha sido caldo de cultivo para una masa social maleable y volátil que basa su estabilidad en algo tan inestable como 280 caracteres en donde todo tiene que ser fresco, innovador, sorprendente, atractivo y fugaz.

A priori, es la oportunidad de lo nuevo lo que puede dar mejor respuesta y el cambio no debe dar miedo. Lo que sí se requiere es un esfuerzo de los de ahora y de los de siempre para adaptarse a los nuevos tiempos, unos desde la juventud y otros desde la experiencia.

Juventud, experiencia, clase social, género, formación…. son factores que pueden inclinar la balanza en un momento determinado. No quiero pensar que la edad es el único valor válido, creo que hay que añadir muchos otros como disponibilidad, capacidad de adaptación… En definitiva seguir avanzando, ser flexibles, seguir aprendiendo, y contribuir con ello a la sociedad, independientemente de los años y aprovechando todas las oportunidades.

 

 

 

 

 

 

 

 

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La piedad

De todo lo que pasó la semana pasada quiero traer aquí, después de tanto tiempo sin escribir, la piedad que presupongo tuvieron con Mariano Rajoy sus asesores y su equipo más cercano, en los momentos previos a consumarse la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno español.

Piedad para no recomendarle que el jueves, pasada la hora de comer,  su sitio no estaba en el restaurante Arahy -ni mucho menos que pasara allí más de ocho horas- sino en su escaño en el Congreso o, en todo caso, en su despacho en La Moncloa.

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Mariano Rajoy saliendo del Arahy @abc_es

La situación era dura, se acababa una etapa y se acababa el tiempo del ya expresidente, y muchos no entendimos el por qué de esa imagen, el por qué no mantener el pulso hasta el final, como sí lo hizo la mayoría de la bancada popular en el Congreso.

Cuando el líder flaquea y los sentimientos afloran, como cualquier ser humano, el cariño y el respeto de los más cercanos puede impedirles insistir en seguir cuidando la imagen y anteponer el proyecto, o la estrategia, a la persona.

Pero es precisamente entonces, cuando no vienen dadas, cuando hay que ser más fuertes y firmes en esas consideraciones. Todos nos podemos ver arrastrados por las emociones tras años de trabajo y de compromiso, pero hay momentos, especialmente en política, en los que hay que hacer lo que hay que hacer, por encima de todo.

El perfil personal y profesional de los asesores de los responsables políticos o empresariales es complejo. Entrega y compromiso, mucha confianza e incluso amistad con sus superiores, pero siempre con un gran espíritu crítico y sentido común que les permita decir aquello que no quieren oír o que no les resulta cómodo.

En definitiva, alguien que le ponga los pies en el suelo, con el objetivo de conseguir los retos propuestos con el mínimo impacto negativo, social o corporativo. No hay sitio, en estos casos, para la amistad ni para la piedad… que pueden resultar, mal entendidas, terriblemente dañinas.

 

 

Cuatro años y… todo sigue igual

O peor.

Hace cuatro años empecé a escribir este blog como respuesta a la incertidumbre que arrojaba la crisis económica, la incapacidad política para abordarla y la desilusión y desafección de la sociedad.

Hace cuatro años hablaba de Comunicación en tiempos revueltos, de cómo hacía falta mayor empatía de los políticos hacia los ciudadanos, de cómo se echaba en falta “el ejemplo de los más visibles”, para poder conseguir un objetivo común.

He hablado de líderes, de cómo gestionar la incertidumbre, de cómo hacer mejor la política, de cómo transmitirla, y no solo a nivel local o nacional, también a nivel internacional: Releyendo diplomacia y empatía, me sorprenden la vigencia de mis palabras en la situación actual que vivimos con la amenaza del terrorismo, con la indiferencia hacia los más afectados por las guerras, por las epidemias, …. ¿De qué raza, o casta,  nos creemos, para pensar que a ellos sí les toca, pero a nosotros, a los nuestros, no?

Tras cuatro años, me desilusionan hasta mis propias palabras alojadas en esa utopía que siempre nos podría salvar y nos permitiría dejar atrás la selva en la que vivimos y en la que solo hay una regla: sobrevivir a toda costa.

Tras cuatro años, llegan los papeles de Panamá, una gota más que desilusiona, aleja y nos desvincula unos de otros en el espacio común en el que a todos nos afecta lo de todos, ese lugar que compartimos… #entreelsueloyelcielo.

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¿Cómo será dentro de cuatro años? Gracias por estar ahí…al otro lado del teclado.

 

El complejo de Dios

Tim Harford presenta, en el vídeo que incluyo en este post, un concepto en el que he pensado muchas veces en los últimos años sin ponerle nombre: el complejo de Dios.

Harford se refiere al complejo que tienen todos aquellos que se creen infalibles y se sienten capaces, con dos datos y tres teorías, de solucionar los problemas de un mundo muy complejo y prácticamente intangible. Él propone el modelo de ensayo y error para buscar soluciones, ya sea en la política, en la economía, en la medicina…

En el ámbito de la política, de la comunicación política, pone en valor la humildad (uno de los rasgos de un líder de raza) para reconocer lo que es difícil de afrontar, lo que es complicado de solucionar; aliando esa humildad con la voluntad de cambiar las cosas: “No sé cómo hacerlo pero quiero hacerlo, vamos a probar”.

Para que este mensaje tenga éxito entre los ciudadanos haría falta que ellos mismos, yo misma, fueran receptivos a este tipo de mensaje y no exigieran a quienes les representan, les dirigen, ser una especie de mesías  en cuyas manos recostarnos para que nos solucionen todos los problemas.

Y ello en todos los ámbitos.

Esta relación de dependencia “a ciegas” se vive también en la gestión de las crisis sanitarias o emergencias. Aún cuando las ciencias que monitorizan, entre otras, las epidemias, las erupciones y los tsunamis, no son exactas, se pide y se presiona a sus científicos y responsables para que den una repuesta clara e inequívoca: y no siempre la hay.

En este punto, y les dejo con el magnífico vídeo de Harford, recuerdo la anécdota del pavo extraída del libro “El Cisne Negro” (El impacto de lo altamente improbable) de Nassim Nicholas Taleb

Imaginemos un pavo que está en un corral. Todos los días el pavo es alimentado por un ser humano, el pavo cree entonces que el humano es bueno y es el encargado de alimentarlo, todo los días esta creencia tiene un reforzamiento positivo, durante todo un año el humano va al corral y alimenta a el pavo, es todo lo que el pavo conoce. Un día, ante lo que el pavo percibía como improbable, el humano lo toma, lo mata y lo sirve en el día de acción de gracias.

Por ello me gusta decir que “preparados para lo previsto surge lo imprevisto”, y esto último es más común en nuestra naturaleza de lo que queremos reconocer.

Fuego y cenizas: entre la ambición y los principios

Uno de los libros sobre los que más se habla este verano entre políticos y profesionales de comunicación política es Fuego y cenizas, de Michael Ignatieff (TAURUS).

Fuego y Cenizas/TAURUS

Ignatieff, heredero de una trayectoria familiar comprometida con la política, parecía ser la figura que Canadá necesitaba en un escenario de crisis y desencanto social: un hombre cabal, intelectual, culto y cosmopolita que podría haber sido el punto de inflexión para un verdadero cambio.

Todo quedó en nada, todo quedó en cenizas, y el por qué lo explica en un libro que no desanima a aquellos que quieren dedicarse a la política, pero en el que la describe tal cual es.

“A la política hay que entrar conociéndola, siendo un profesional de la política”. No está hecha para oportunistas ni para traspolar a su ring las artes de la literatura, la oratoria, así sin más; la política requiere de su lenguaje, de sus formas y sus estrategias propias.

La clave de un fracaso político reside principalmente en la falta de conexión con la sociedad, sin menospreciar el desgaste que suponen las intrigas y luchas de poder dentro de las propias fuerzas políticas, y los ataques más o menos efectivos de los adversarios.

La distensión entre electores y electorado no puede ser siempre teorizada, no puede ser siempre cuantificada, porque el mensaje puede ser recibido de manera diferente a como se emitió. Creo que Ignatieff, en su libro,  lanza una mirada crítica a los expertos en comunicación política. A las teorías, a los informes, a las estadísticas… Si la sociedad no te da “el derecho a ser escuchado” nada es posible.

Para el canadiense, lo importante es conocer de manera efectiva las necesidades reales del público objetivo. Y para ello  es imprescindible “bajar al terreno”, bajar al nivel de la calle, y aún así, el éxito no está garantizado.

“Si la política se convierte en virtual, y sólo se proyecta a través de las Redes Sociales o de la televisión, estaremos perdidos porque estaremos  en manos del aspecto teórico de la política, en mano de asesores y expertos, no en mano de la sociedad que nos demanda. La política tiene que ser algo corpóreo  porque la confianza es corpórea”.

Ignatieff en Toronto. Babelia

 

“En política el verdadero mensaje es el físico el que envían tus ojos y tus manos. Tu cuerpo debe comunicar que se puede confiar en ti”. El contacto físico, palpar la calle, ser uno más, aporta información que ningún estudio teórico puede dar.

Ese contacto viene a minimizar, según Ignatieff  “la brecha que existe con los votantes  y que no se puede cerrar totalmente ya que el político posee información que no es transmitible”. Aún así “siempre hay que darle más importancia  a las cuestiones que afectan a la gente en general, aunque sean menos numerosas que las que afectan al resto de políticos y periodistas del ramo”.

En ocasiones es difícil alejarse de la Política para centrarse en lo que de verdad percibe el ciudadano. Inmersos en una campaña política, en el desarrollo de una Ley o en el Gobierno de un país, se pierde fácilmente la perspectiva local y ésta es la que debe predominar y marcar la agenda.

Tampoco ese contacto le funcionó a Ignatieff porque, como él describe, también tuvo que lidiar con luchas internas y campañas agresivas que le atacaban desde el punto de vista personal.

Por ello hay que dominar muchos frentes para asumir un compromiso público, proponerse candidato y luchar por la victoria: no solo la buena presencia, la inteligencia y la oratoria son garantías de éxito.

Desde el punto de vista de la persona, de la intención, la primera pregunta que se hace en el libro es ¿por qué se entra en política? ¿Dónde empieza todo?

Ignatieff lo tiene claro, los canadienses estaban en la finalidad de su intención, pero también habia ambición y confianza en sus posibilidades.

Pocos politicos reconocerían que  buscan en  la política ambición de poder; muchos hablarían de compromiso social principalmente; pero sea cual fuere el objetivo de cada cual la ambición adquiere un protagonismo especial.

Según la RAE la ambición es el deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama. Como definición la caricaturiza, le otorga el aspecto superficial y negativo que lleva asociado el término: si para obtener poder tengo que trabajar por la comunidad, así sea.

Muchos le darían la vuelta: trabajando por los demás, entendiendo sus problemas se obtiene poder, pero también respeto, derecho a ser escuchado tal y como refiere Ignatieff en su libro. Conseguirlo no es nada fácil y hay que trabajar con mucha ilusión y también con ambición.

Sin ambición no hay políticos ya que también la podemos considerar como el deseo ardiente de hacer, mejorar, evolucionar; en definitiva rechazar ser un mero espectador de lo que acontece.

El buen político debe encontrar un equilibrio entre ambición y principios, entre poder y servicio. La dedicación política es un pacto con los ciudadanos pero también es un pacto entre actores que se mueven en un mismo ámbito. La vida pública es un gran acuerdo en en el que todas las partes tienen que contribuir y ceder en algo.

En definitiva establecer una línea en la seamos capaces de construir como dice Antoni Gutiérrez-Rubí (El relato en política), “un nosotros para formar parte de una historia común… y hacer Historia”.

Conseguir ese acuerdo no es facil, pero no se alcanza jamás malversando, prevaricando y delinquiendo fruto de “mal relacionar” poder, política y ambición.

El escenario debe cambiar, los protagonistas también.  Politicos ambiciosos que tengan como principal objetivo encontrar soluciones a los problemas complejos que plantea la sociedad hoy en día. Poder y principios no deberían ser incompatibles.