Votar en tiempos de revolución

La crisis económica, la irrupción de la nuevas tecnologías, los años de bienestar y la formación y educación que han recibido nuestros jóvenes, en relación a la sociedad de hace ¡solo! 40 años, han configurado una sociedad heterogénea y en la que un abismo de valores y conductas separa a grupos bien diferenciados.

Un pueblo humillado y vapuleado por la economía y la corrupción, está siendo entusiasmado por los mesías que imponen lo que “todos quieren oír” y cuyo único objetivo es el “jaque mate”,  desde la venganza o desde el desconocimiento del proceso que,  ¡solo! 40 años después, nos ha traído hasta aquí.

¿Es necesaria una revolución? Por supuesto y desde todos los ámbitos: la Iglesia fue la primera que se puso en marcha con Francisco a la cabeza, desde la tolerancia y la escucha; y, cierto es, que en la lentitud de reacción de los gobiernos ha estado una de las razones de la aparición de los nuevos salvadores de “tabla rasa”.

Sí, es necesario el cambio, pero si tanto presumimos de estar en el siglo XXI, ¿por qué tenemos que aplicar modelos y métodos que nos recuerdan al siglo XVIII? Destruir, arrasar y cortar cabezas para imponer algo diferente, algo nuevo. ¿Por qué no tomar de lo que existe lo mejor y respetar las reglas comunes y el trabajo que han hecho otros?

Estando de acuerdo con que esta sociedad es injusta e ingrata, no solo en España, y que muchos de los que están hoy intentando buscar soluciones fueron parte del problema, no es posible hacer borrón y cuenta nueva porque, la “nueva cuenta”, no es especialmente mejor que la vieja.

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 Imagen  New York Times

Lo que nos jugamos en las próximas elecciones, como en las del pasado diciembre, no es más empleo o mejor sanidad, nos jugamos nuestro modelo de sociedad que sí reconocemos enferma: más necesitada de medicinas que de pesticidas que terminen con ella.

Vivimos en tiempos de revolución, los cambios son vertiginosos, pero quienes creemos en el valor de los que tenemos, de lo que somos y hemos sido, deberíamos evitar que el cambio sea “a peor” y desenmascarar a quienes solo quieren la criminalización de los que, en un tiempo pasado, lo hicieron lo mejor que pudieron o supieron.

 

 

 

Generalizaciones en campaña: viejo, nuevo, bueno, malo…

Hace un par de años escribí, en este mismo blog, que nada había más injusto que generalizar.

Hoy, en el comienzo de una reñida campaña electoral, percibo que los partidos tiran de la generalización para dejarse en el tintero los detalles, que son los que, a la postre, marcan la diferencia.

Los llamados nuevos hablan de los viejos como si ya no sirvieran, ni sus ideas ni sus principios, y asumen un papel que considero peligroso: no le dan valor a las normas ni a los consensos que se alcanzaron en el pasado; los llamados viejos, por su parte, caen en el juego y apuestan por potenciar, en demasía, la imagen para escenificar cambio cuando las ideas y los proyectos son lo vedaderamente importante.

Soy partidaria de los cambios, de la evolución: no todo tiene que ser como hasta ahora, pero veo con cierta inquietud la osadía de los políticos emergentes que quieren hacer “borrón y cuenta nueva” e imponer su criterio porque (como dirían ellos en sus generalizaciones) “la vieja política es un desastre y aquí llegamos nosotros, los mesías ” omitiendo (no ignorando) que antes de ellos también hubo avance, desarrollo y democracia.

En este sentido, algunos quieren hacernos creer que se puede gobernar un país sin leyes, sin códigos, sin normas… y esto no es posible al asumir un puesto en una institución pública: hay que actuar de manera democrática. Vivir en Democracia, como en cualquier sistema de convivencia, no es hacer lo que quiero y cuando quiero, no es decir a la gente lo que quiere oír; vivir en Democracia es gobernar y tomar decisiones y, por suerte o por desgracia, la realidad siempre se impone: como se ha impuesto a los que fueron corruptos o a los que no cumplieron sus promesas electorales.

La corrupción, sin duda, ha provocado una de las peores generalizaciones que nos ha traído la crisis: el rechazo y desafección hacia la política y hacia los políticos. Esta situación se torna en cierta desgracia para cualquier sistema que se llame democrático, ya que es desde la política representativa donde se pueden tomar las decisiones y los acuerdos.

Estos días nos cansaremos de oír referencias a la nueva y a la vieja política cuando lo importante es saber distinguir entre la buena y la mala política. Innerarity, sin duda, lo expresa mejor.



Entre “la vieja y la nueva política”. Esta es la propuesta de Daniel Innerarity en una extensa tribuna en El País en la que parte de la siguiente consideración: “El deseo de transformación de la política está en buena medida relacionado con la renovación de nuestros dirigentes y, de algún modo, también con su rejuvenecimiento. Ahora bien, -se pregunta- ¿significa esto que lo nuevo es necesariamente mejor que lo viejo, los jóvenes más renovadores que los adultos, y más de fiar quien no tiene experiencia política que los de larga trayectoria?”

Retratemos a la mala política y quedémonos con la buena: busquémosla, y pongámosle nombre y apellidos, sin generalizar; solo así tomaremos una decisión correcta el próximo 20 de diciembre.

La doble vara

La sociedad, y cualquiera de nosotros como parte de ella, tiene una doble vara de medir los acontecimientos según pertenezcan al ámbito público o privado, y según estos tengan o no repercusión en los medios de comunicación o redes sociales.

Como ejemplo de que cualquier situación vista desde dentro tiene un cariz distinto al que se percibe desde fuera, podemos mencionar el clima pre-electoral que estamos viviendo en España desde hace meses, también en Canarias, caracterizado por primarias, debates sobre posibles candidatos y también por sólidos cierres de filas e indefinición de estrategia.

Los que apuestan por la diferencia, por el debate público tienen mucho en contra. Aparentemente vivimos en democracia y deberíamos considerar de una manera más natural y sosegada la divergencia  y  la crítica constructiva, así como las diferentes alternativas que dentro de una misma organización puedan presentarse por una razón muy simple: la enriquecen y la mejoran.

Pero la sociedad no acepta fácilmente el conflicto, aunque sea sano. ¿Por qué vemos con mejores ojos aquellas organizaciones en las que no se oye una opinión disonante, aunque las haya, y  en la que no se reflejan críticas ni alternativas diferentes?

Cualquiera apostaría, rápido y de boquilla,  por un sistema democrático de decisiones consesuadas o al menos debatidas, que haga valer cada opinión antes que un sistema autoritario y de imposición. Lamentablemente desde el punto de vista mediático la balanza se inclina  a favor del criterio único, del mensaje uniforme y del líder indiscutido.

Esta situación, esta doble vara de medir, es consecuencia de vivir cara a la galería sin un mensaje claro y cercano, al estilo de cualquier familia que no lava sus trapos sucios en público y sonríe feliz cada vez que sale a la calle. Cuando las discusiones se oyen desde la plaza el vecino dice: los Gómez tienen un problema. Y no es un problema, lo raro sería que no hubiera una discusión, que no podamos decir “tengo un problema y quiero buscar la solución” y que nos refugiemos en climas de falsa calma para fingir un “todo va bien”.

Cierto es que para poder entender bien todos esos procesos de debate sería necesario más transparencia, más sinceridad, más cercanía de las organizaciones al sentir de los ciudadanos. Pero… ¿estamos cómo ciudadanos preparados para esa transparencia? ¿Sabríamos procesarla?

Fuego y cenizas: entre la ambición y los principios

Uno de los libros sobre los que más se habla este verano entre políticos y profesionales de comunicación política es Fuego y cenizas, de Michael Ignatieff (TAURUS).

Fuego y Cenizas/TAURUS

Ignatieff, heredero de una trayectoria familiar comprometida con la política, parecía ser la figura que Canadá necesitaba en un escenario de crisis y desencanto social: un hombre cabal, intelectual, culto y cosmopolita que podría haber sido el punto de inflexión para un verdadero cambio.

Todo quedó en nada, todo quedó en cenizas, y el por qué lo explica en un libro que no desanima a aquellos que quieren dedicarse a la política, pero en el que la describe tal cual es.

“A la política hay que entrar conociéndola, siendo un profesional de la política”. No está hecha para oportunistas ni para traspolar a su ring las artes de la literatura, la oratoria, así sin más; la política requiere de su lenguaje, de sus formas y sus estrategias propias.

La clave de un fracaso político reside principalmente en la falta de conexión con la sociedad, sin menospreciar el desgaste que suponen las intrigas y luchas de poder dentro de las propias fuerzas políticas, y los ataques más o menos efectivos de los adversarios.

La distensión entre electores y electorado no puede ser siempre teorizada, no puede ser siempre cuantificada, porque el mensaje puede ser recibido de manera diferente a como se emitió. Creo que Ignatieff, en su libro,  lanza una mirada crítica a los expertos en comunicación política. A las teorías, a los informes, a las estadísticas… Si la sociedad no te da “el derecho a ser escuchado” nada es posible.

Para el canadiense, lo importante es conocer de manera efectiva las necesidades reales del público objetivo. Y para ello  es imprescindible “bajar al terreno”, bajar al nivel de la calle, y aún así, el éxito no está garantizado.

“Si la política se convierte en virtual, y sólo se proyecta a través de las Redes Sociales o de la televisión, estaremos perdidos porque estaremos  en manos del aspecto teórico de la política, en mano de asesores y expertos, no en mano de la sociedad que nos demanda. La política tiene que ser algo corpóreo  porque la confianza es corpórea”.

Ignatieff en Toronto. Babelia

 

“En política el verdadero mensaje es el físico el que envían tus ojos y tus manos. Tu cuerpo debe comunicar que se puede confiar en ti”. El contacto físico, palpar la calle, ser uno más, aporta información que ningún estudio teórico puede dar.

Ese contacto viene a minimizar, según Ignatieff  “la brecha que existe con los votantes  y que no se puede cerrar totalmente ya que el político posee información que no es transmitible”. Aún así “siempre hay que darle más importancia  a las cuestiones que afectan a la gente en general, aunque sean menos numerosas que las que afectan al resto de políticos y periodistas del ramo”.

En ocasiones es difícil alejarse de la Política para centrarse en lo que de verdad percibe el ciudadano. Inmersos en una campaña política, en el desarrollo de una Ley o en el Gobierno de un país, se pierde fácilmente la perspectiva local y ésta es la que debe predominar y marcar la agenda.

Tampoco ese contacto le funcionó a Ignatieff porque, como él describe, también tuvo que lidiar con luchas internas y campañas agresivas que le atacaban desde el punto de vista personal.

Por ello hay que dominar muchos frentes para asumir un compromiso público, proponerse candidato y luchar por la victoria: no solo la buena presencia, la inteligencia y la oratoria son garantías de éxito.

Desde el punto de vista de la persona, de la intención, la primera pregunta que se hace en el libro es ¿por qué se entra en política? ¿Dónde empieza todo?

Ignatieff lo tiene claro, los canadienses estaban en la finalidad de su intención, pero también habia ambición y confianza en sus posibilidades.

Pocos politicos reconocerían que  buscan en  la política ambición de poder; muchos hablarían de compromiso social principalmente; pero sea cual fuere el objetivo de cada cual la ambición adquiere un protagonismo especial.

Según la RAE la ambición es el deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama. Como definición la caricaturiza, le otorga el aspecto superficial y negativo que lleva asociado el término: si para obtener poder tengo que trabajar por la comunidad, así sea.

Muchos le darían la vuelta: trabajando por los demás, entendiendo sus problemas se obtiene poder, pero también respeto, derecho a ser escuchado tal y como refiere Ignatieff en su libro. Conseguirlo no es nada fácil y hay que trabajar con mucha ilusión y también con ambición.

Sin ambición no hay políticos ya que también la podemos considerar como el deseo ardiente de hacer, mejorar, evolucionar; en definitiva rechazar ser un mero espectador de lo que acontece.

El buen político debe encontrar un equilibrio entre ambición y principios, entre poder y servicio. La dedicación política es un pacto con los ciudadanos pero también es un pacto entre actores que se mueven en un mismo ámbito. La vida pública es un gran acuerdo en en el que todas las partes tienen que contribuir y ceder en algo.

En definitiva establecer una línea en la seamos capaces de construir como dice Antoni Gutiérrez-Rubí (El relato en política), “un nosotros para formar parte de una historia común… y hacer Historia”.

Conseguir ese acuerdo no es facil, pero no se alcanza jamás malversando, prevaricando y delinquiendo fruto de “mal relacionar” poder, política y ambición.

El escenario debe cambiar, los protagonistas también.  Politicos ambiciosos que tengan como principal objetivo encontrar soluciones a los problemas complejos que plantea la sociedad hoy en día. Poder y principios no deberían ser incompatibles.

El candidato electoral y la honorable sociedad

Suenan tambores electorales…

A menos de seis meses para las elecciones europeas, y a año y medio para las autonómicas y locales, los partidos comienzan a despejar incógnitas sobre sus estrategias electorales y los posibles candidatos.

Imbuido de este espíritu, @breviarioclub ha organizado una interesante sesión esta tarde en Madrid, a la que no podré asistir, pero a la que contribuyo con algunas aportaciones tomando como referencia dos obras.

Una literaria: La honorable sociedad (Manotti y Doa); y una segunda, cinematográfica: Game Change (Jay Roach).

La honorable sociedad aborda una trama policiaca, en el marco de unas elecciones generales en Francia, en la que todos los personajes están directa o indirectamente implicados. Game Change desgrana lo que supuso para Sarah Palin y los respublicanos su inclusión en las Presidenciales americanas con los resultados conocidos por todos.

Tanto el libro como la película son muy recomendables y me sugieren algunas ideas que me gustaría compartir.

Las razones por las que una persona se dedica a la política son muy diversas: pueden existir intereses sociales, económicos, empresariales y/o personales. Estos intereses marcarán la ruta del candidato e independientemente de cuales sean, estas razones y objetivos deben existir para dar consistencia al candidato. No hay nada peor que los zarandeos y la ambivalencia;  la falta de criterio y coherencia se castiga duramente en las urnas.

En  este sentido, un buen candidato tiene que creer su personaje electoral. Firme sin fisuras. Tiene que ser pero también parecer, tal y como explicaba en un post anterior. Se debe dar un estrecha relación entre ambas perspectivas principalmente porque contribuyen a su credibilidad y le hacen sentir seguro. Por ello no se debe fabricar “artificialmente” un candidato. En Game Change se dibuja a Sarah Palin por un lado, desconocedora de sus capacidades reales para poder abordar una campaña electoral de tal calibre; y por otro, sometida a un aparato electoral empeñado en que se ajustara perfectamente al partido, al mensaje y al candidato a presidente. Obtuvo mejores resultados cuando dentro de unos límites, fue ella misma.

En este sentido diría que un jefe de Campaña, un jefe de Comunicación, no puede imponerle todo a la persona para la que trabaja, no puede ignorar cuáles son sus principales bondades y debilidades y lo que debe es maximizar unas y minimizar otras.

A mi juicio, el error inicial de los responsables de la campaña republicana, reflejado en la película, fue querer imitar la parte dinámica, innovadora y de mensaje del candidato Obama e intentar trasladarla  al todo de Palin. En un principio se creyeron capaces, ella se creyó capaz; antepuso su propia identidad a un sueño, a una idea sin realmente asumir las consecuencias: a medida que avanzaba la campaña la verdadera Palin surgió y provocó la crisis.

Honorables

La honorabilidad del ser humano en cualquier ámbito de actuación tiene un precio y, la capacidad de lucha por lo que uno cree éticamente justo es finita. Hay pocos que  íntegramente luchan contra lo mismo siempre y nos vamos adaptando al sistema según nos lo permita y siempre que lo esencial de nuestra vida no se vea afectado: tanto miembros de ONG’s, políticos, empresarios, periodistas… Las presiones sobre las familias, la humillación profesional, las muertes consecuencia de la lucha por la verdad suelen ir retirando de la vida pública, de la vida activa, a los más prudentes, a los más valientes  (que lo son por valía no por osadía). Esto se refleja muy bien en la obra de Manotti y Doa, en la que la lucha por los ideales tiene un límite, no tanto la lucha por los intereses.

En la Francia de La honorable sociedad, también en la campaña americana, todos tenían algo por lo que luchar y algo que esconder; y esto último siempre es un obstáculo para la construcción de un candidato perfecto.

Pero si partimos de la base de que existe un profundo rechazo social a la actividad política y que los candidatos perfectos no existen, podremos diseñar acciones de comunicación e imagen más ajustadas a la realidad y a la persona, en las que la distancia entre el discurso y la acción no sea un abismo. De esta manera contribuiríamos, quizá, a aportar más honorabilidad a la sociedad.