La piedad

De todo lo que pasó la semana pasada quiero traer aquí, después de tanto tiempo sin escribir, la piedad que presupongo tuvieron con Mariano Rajoy sus asesores y su equipo más cercano, en los momentos previos a consumarse la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno español.

Piedad para no recomendarle que el jueves, pasada la hora de comer,  su sitio no estaba en el restaurante Arahy -ni mucho menos que pasara allí más de ocho horas- sino en su escaño en el Congreso o, en todo caso, en su despacho en La Moncloa.

rajoy-restaurante-arahy-kZaF--1248x698@abc

Mariano Rajoy saliendo del Arahy @abc_es

La situación era dura, se acababa una etapa y se acababa el tiempo del ya expresidente, y muchos no entendimos el por qué de esa imagen, el por qué no mantener el pulso hasta el final, como sí lo hizo la mayoría de la bancada popular en el Congreso.

Cuando el líder flaquea y los sentimientos afloran, como cualquier ser humano, el cariño y el respeto de los más cercanos puede impedirles insistir en seguir cuidando la imagen y anteponer el proyecto, o la estrategia, a la persona.

Pero es precisamente entonces, cuando no vienen dadas, cuando hay que ser más fuertes y firmes en esas consideraciones. Todos nos podemos ver arrastrados por las emociones tras años de trabajo y de compromiso, pero hay momentos, especialmente en política, en los que hay que hacer lo que hay que hacer, por encima de todo.

El perfil personal y profesional de los asesores de los responsables políticos o empresariales es complejo. Entrega y compromiso, mucha confianza e incluso amistad con sus superiores, pero siempre con un gran espíritu crítico y sentido común que les permita decir aquello que no quieren oír o que no les resulta cómodo.

En definitiva, alguien que le ponga los pies en el suelo, con el objetivo de conseguir los retos propuestos con el mínimo impacto negativo, social o corporativo. No hay sitio, en estos casos, para la amistad ni para la piedad… que pueden resultar, mal entendidas, terriblemente dañinas.

 

 

Anuncios

De crisis y de volcanes

erupcion_submarina_hierro-500x330

Esta semana se cumplen 5 años de la erupción del volcán submarino de El Hierro: recuerdo aquellos días, y en eso coincido con muchos compañeros, como una de las experiencias más importantes de las que he desarrollado en mis años de profesión.

Si algo me enseñó la gestión de la comunicación de una emergencia como la de El Hierro (imprevisible y prolongada en el tiempo) es que, llegado el momento, es necesario controlar la información.

Ese control no es censura, es habilitar un sistema por el que las personas afectadas reciban en cada momento los datos disponibles y confirmados que les permitan seguir con su vida cotidiana.

De nada sirven suposiciones, teorías o posibilidades para quienes tienen que abandonar su casa por riesgo de incendio, inundación o erupción volcánica.

En nada contribuye,  por otra parte, la constante presencia en los medios de comunicacion de los responsables de la gestión si no hay nada nuevo que aportar: desvirtúa la realidad y genera una cierta ansiedad. A su vez surge lo que yo denomino el #síndromedelabodadelainfanta, que da nombre al conjunto de programas de televisión,  con retransmisiones en directo durante horas, informativos especiales etc.,  en el que los periodistas tiene que llegar a crear contenidos que llenen el espacio, generando una realidad que no es tal y convirtiendo la información en desinformación o mero entretenimiento.

Hoy….tenemos crisis de todo tipo, muchas de ellas políticas,  de gobiernos, de partidos… y veo que los criterios que podemos aplicar no deberían distar mucho de aquellos que pensamos para la crisis del volcán: información útil y cuando haya novedad…

Para lograr ese equilibrio es indispensable que, los profesionales de la comunicación, prioricemos la calidad a la cantidad de la información y nos permitamos observar, desde la perspectiva que da la templanza, cómo se desarrollan los acontecimientos y permanecer en silencio si así hiciera falta.

De esta manera nos aproximaremos más a la importancia real que merecen los hechos que son noticia, difundiéndolos con el número de intervenciones y portavoces necesarios.

Lo contrario nos empuja a supeditar la realidad a valoraciones apresuradas por la imperiosa necesidad de transmitir y/o estar presente en los medios, contribuyendo a incrementar la sensación de confusión que es propia de una situación de crisis.

La  comunicacion no es la única estrategia para solucionar una crisis pero sí podemos evitar que sea parte del problema, sea éste volcánico o de inestabilidad política.

 

Cuatro años y… todo sigue igual

O peor.

Hace cuatro años empecé a escribir este blog como respuesta a la incertidumbre que arrojaba la crisis económica, la incapacidad política para abordarla y la desilusión y desafección de la sociedad.

Hace cuatro años hablaba de Comunicación en tiempos revueltos, de cómo hacía falta mayor empatía de los políticos hacia los ciudadanos, de cómo se echaba en falta “el ejemplo de los más visibles”, para poder conseguir un objetivo común.

He hablado de líderes, de cómo gestionar la incertidumbre, de cómo hacer mejor la política, de cómo transmitirla, y no solo a nivel local o nacional, también a nivel internacional: Releyendo diplomacia y empatía, me sorprenden la vigencia de mis palabras en la situación actual que vivimos con la amenaza del terrorismo, con la indiferencia hacia los más afectados por las guerras, por las epidemias, …. ¿De qué raza, o casta,  nos creemos, para pensar que a ellos sí les toca, pero a nosotros, a los nuestros, no?

Tras cuatro años, me desilusionan hasta mis propias palabras alojadas en esa utopía que siempre nos podría salvar y nos permitiría dejar atrás la selva en la que vivimos y en la que solo hay una regla: sobrevivir a toda costa.

Tras cuatro años, llegan los papeles de Panamá, una gota más que desilusiona, aleja y nos desvincula unos de otros en el espacio común en el que a todos nos afecta lo de todos, ese lugar que compartimos… #entreelsueloyelcielo.

12801235_10208054423134237_5184802353768571964_n

 

¿Cómo será dentro de cuatro años? Gracias por estar ahí…al otro lado del teclado.

 

Spotlight o la voluntad de ser periodista

Por fin vi Spotlight. Me pareció una gran película; bien hecha, bien hilada y que destaca el valor que la profesión periodística llega a tener al sacar a la luz uno de los comportamientos más repugnantes de los que hemos podido ser testigos: los numerosos abusos sexuales impunes por parte del clero, en Boston, y en el mundo.

Sin dejar de reconocer la función social que nos transmite Spotlight, a mí la película me dice algo más: en las primeras escenas un nuevo director llega al Boston Globe con la preocupación de la disminución de lectores; éste es el punto de arranque de una conversación que concluye apostando “por convertir el periódico en el que la gente necesita”.

Posteriormente, se inicia la investigación que centra la película, pero no me queda claro cuál es el motivo por el que se da el paso, ¿personal, empresarial o de servicio social? La personalidad del director es determinante: alguien nuevo que no forma parte de la comunidad, sin los prejuicios de quienes se acomodan a ella y que, dada su condición de judío, no tiene las cortapisas subjetivas de quienes han vivido, de una u otra manera, bajo la influencia de la Iglesia Católica en la ciudad.

Por otra parte, se define claramente la necesidad de vender más ejemplares, y “solo venderemos más si le damos a la gente algo que necesita”, ¿qué es primero?  ¿La voluntad de denunciar o retratar, o la necesidad de recaudar? Hoy miles de periodistas trabajan en esa contradicción empresa-información que en ocasiones impulsa investigaciones y, en otras, las esconde en el cajón; las razones múltiples y variadas: anunciantes, política, influencias…etc.

Spotlight

Spotlight

A veces hacen faltas las herramientas, los medios y las circunstancias adecuadas para que los periodistas puedan hacer, más que un buen trabajo, un trabajo de justicia; y eso les pasó a  Rezendes, Robby, Sacha y Matt, que dudaron si comenzar la investigación, pero una vez que la iniciaron y contaron con el apoyo de su empresa, trabajaron hasta las últimas consecuencias: por las víctimas, por sus lectores y por ellos mismos, parte fundamental de la sociedad a la que pertenecen.

Y aquí reside mi esperanza en el Periodismo, en la voluntad que se despierta un día en cualquier redactor, locutor o reportero, que es capaz de poner de lado los informes, las estadísticas y la información fácil y meterse de lleno en una investigación que no sabe cómo terminará, pero considera que es justa y la merece su profesión y su audiencia.

Generalizaciones en campaña: viejo, nuevo, bueno, malo…

Hace un par de años escribí, en este mismo blog, que nada había más injusto que generalizar.

Hoy, en el comienzo de una reñida campaña electoral, percibo que los partidos tiran de la generalización para dejarse en el tintero los detalles, que son los que, a la postre, marcan la diferencia.

Los llamados nuevos hablan de los viejos como si ya no sirvieran, ni sus ideas ni sus principios, y asumen un papel que considero peligroso: no le dan valor a las normas ni a los consensos que se alcanzaron en el pasado; los llamados viejos, por su parte, caen en el juego y apuestan por potenciar, en demasía, la imagen para escenificar cambio cuando las ideas y los proyectos son lo vedaderamente importante.

Soy partidaria de los cambios, de la evolución: no todo tiene que ser como hasta ahora, pero veo con cierta inquietud la osadía de los políticos emergentes que quieren hacer “borrón y cuenta nueva” e imponer su criterio porque (como dirían ellos en sus generalizaciones) “la vieja política es un desastre y aquí llegamos nosotros, los mesías ” omitiendo (no ignorando) que antes de ellos también hubo avance, desarrollo y democracia.

En este sentido, algunos quieren hacernos creer que se puede gobernar un país sin leyes, sin códigos, sin normas… y esto no es posible al asumir un puesto en una institución pública: hay que actuar de manera democrática. Vivir en Democracia, como en cualquier sistema de convivencia, no es hacer lo que quiero y cuando quiero, no es decir a la gente lo que quiere oír; vivir en Democracia es gobernar y tomar decisiones y, por suerte o por desgracia, la realidad siempre se impone: como se ha impuesto a los que fueron corruptos o a los que no cumplieron sus promesas electorales.

La corrupción, sin duda, ha provocado una de las peores generalizaciones que nos ha traído la crisis: el rechazo y desafección hacia la política y hacia los políticos. Esta situación se torna en cierta desgracia para cualquier sistema que se llame democrático, ya que es desde la política representativa donde se pueden tomar las decisiones y los acuerdos.

Estos días nos cansaremos de oír referencias a la nueva y a la vieja política cuando lo importante es saber distinguir entre la buena y la mala política. Innerarity, sin duda, lo expresa mejor.



Entre “la vieja y la nueva política”. Esta es la propuesta de Daniel Innerarity en una extensa tribuna en El País en la que parte de la siguiente consideración: “El deseo de transformación de la política está en buena medida relacionado con la renovación de nuestros dirigentes y, de algún modo, también con su rejuvenecimiento. Ahora bien, -se pregunta- ¿significa esto que lo nuevo es necesariamente mejor que lo viejo, los jóvenes más renovadores que los adultos, y más de fiar quien no tiene experiencia política que los de larga trayectoria?”

Retratemos a la mala política y quedémonos con la buena: busquémosla, y pongámosle nombre y apellidos, sin generalizar; solo así tomaremos una decisión correcta el próximo 20 de diciembre.