Los salvadores

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Stanislav Petrov (Nikolai Ignatiev-Alamy Images)

Publica EL PAIS la historia de Stanislav Petrov, el hombre que sí salvó el mundo, y me viene a la memoria el libro El Cisne Negro, de Nassim Nicholas Taleb sobre el que alguna vez he escrito en este blog y en el que aborda “el impacto de lo altamente improbable”.

En las páginas de su ensayo, Taleb destaca el trabajo de aquellos que logran evitar desgracias y catástrofes, como fue el caso de Petrov, y que nunca verán un reconocimiento en vida y menos aún en la lápida tras su muerte. En su lugar, tienen siempre más méritos y mayores reconocimientos quienes sin haber evitado la tragedia han podido actuar ante ella, como bomberos, policías, ejército, etc, etc.

Si alguien hubiera evitado el atentado de las  Torres Gemelas, o el más reciente ocurrido en Barcelona, no hubiera habido más que escasas menciones en los medios de comunicación. Su reconocimiento no tendría gran repercusión y eso que, paradójicamente, habría salvado muchísimas vidas.

Es algo que puede parecer obvio pero trasluce cierta injusticia e hipocresía social que solo eleva la voz ante el fallo o debilidad del sistema, rechazando que estos se puedan dar y alegando mal funcionamiento, desastre, inoperancia…

Y lo cierto es que el sistema, cualquiera de ellos, funciona en tanto en cuanto mejora con el paso de los años, ¿o nadie se acuerda como vivíamos hace 25 años? Pero, hoy en día, esos avances en seguridad, sanidad y educación, por poner ejemplos, no satisfacen las expectativas de una sociedad altamente exigente  y muchas veces irresponsable: ciudadanos que viven con una sensación de control total, que es falsa, y que no están preparados para “lo altamente improbable” que, más tarde o más temprano, sucederá.

A todos aquellos que siguen trabajando para evitarlo, de los que nos acordamos cuando algo sale mal: ¡Gracias!

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El complejo de Dios

Tim Harford presenta, en el vídeo que incluyo en este post, un concepto en el que he pensado muchas veces en los últimos años sin ponerle nombre: el complejo de Dios.

Harford se refiere al complejo que tienen todos aquellos que se creen infalibles y se sienten capaces, con dos datos y tres teorías, de solucionar los problemas de un mundo muy complejo y prácticamente intangible. Él propone el modelo de ensayo y error para buscar soluciones, ya sea en la política, en la economía, en la medicina…

En el ámbito de la política, de la comunicación política, pone en valor la humildad (uno de los rasgos de un líder de raza) para reconocer lo que es difícil de afrontar, lo que es complicado de solucionar; aliando esa humildad con la voluntad de cambiar las cosas: “No sé cómo hacerlo pero quiero hacerlo, vamos a probar”.

Para que este mensaje tenga éxito entre los ciudadanos haría falta que ellos mismos, yo misma, fueran receptivos a este tipo de mensaje y no exigieran a quienes les representan, les dirigen, ser una especie de mesías  en cuyas manos recostarnos para que nos solucionen todos los problemas.

Y ello en todos los ámbitos.

Esta relación de dependencia “a ciegas” se vive también en la gestión de las crisis sanitarias o emergencias. Aún cuando las ciencias que monitorizan, entre otras, las epidemias, las erupciones y los tsunamis, no son exactas, se pide y se presiona a sus científicos y responsables para que den una repuesta clara e inequívoca: y no siempre la hay.

En este punto, y les dejo con el magnífico vídeo de Harford, recuerdo la anécdota del pavo extraída del libro “El Cisne Negro” (El impacto de lo altamente improbable) de Nassim Nicholas Taleb

Imaginemos un pavo que está en un corral. Todos los días el pavo es alimentado por un ser humano, el pavo cree entonces que el humano es bueno y es el encargado de alimentarlo, todo los días esta creencia tiene un reforzamiento positivo, durante todo un año el humano va al corral y alimenta a el pavo, es todo lo que el pavo conoce. Un día, ante lo que el pavo percibía como improbable, el humano lo toma, lo mata y lo sirve en el día de acción de gracias.

Por ello me gusta decir que “preparados para lo previsto surge lo imprevisto”, y esto último es más común en nuestra naturaleza de lo que queremos reconocer.