Piel quemada

La manera de vestir es sin duda una tarjeta de visita, una presentación de quién eres y qué quieres llegar a ser, a veces qué o a quiénes representas, por lo que, desde un punto de vista de una figura pública, la etiqueta define o presenta nuestra personalidad.

En los últimos años queriendo convencer políticamente de un nuevo aire, muchos se han quitado la corbata y la chaqueta, pretendiendo transmitir con ello una cercanía y una nueva forma de hacer las cosas. Por supuesto que creo que fracasan en el intento, las ideas nada tiene que ver con la moda por mucho que ésta cambie.

Y llegamos a la Navidad, y se adueña de nosotros, como una más de nuestras tradiciones, la porra a ver qué presentadora, que no presentador, luce el mejor y más atrevido de los estilismos, quién enseña más o quién sugiere mejor.

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Lo que más me molesta de este linchamiento mediático a unas y otras presentadora no es, por supuesto que sean guapas y luzcan estupendas con vestidos de alta costura e intensa creatividad; sino que al final ese cuerpo, esa elegancia o la misma moda, quedan pisoteadas en una guerra de audiencias entre cadenas y con el cuerpo femenino, una vez más, utilizado como reclamo publicitario injustificado.

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El pecado no está en lucir el cuerpo, que cada una lo haga acorde a sus gustos y expectativas y según la ocasión, el pecado está en la burla y en una cierta utilización que queman esa piel y esa sonrisa en la hoguera de las vanidades.