Generalizaciones en campaña: viejo, nuevo, bueno, malo…

Hace un par de años escribí, en este mismo blog, que nada había más injusto que generalizar.

Hoy, en el comienzo de una reñida campaña electoral, percibo que los partidos tiran de la generalización para dejarse en el tintero los detalles, que son los que, a la postre, marcan la diferencia.

Los llamados nuevos hablan de los viejos como si ya no sirvieran, ni sus ideas ni sus principios, y asumen un papel que considero peligroso: no le dan valor a las normas ni a los consensos que se alcanzaron en el pasado; los llamados viejos, por su parte, caen en el juego y apuestan por potenciar, en demasía, la imagen para escenificar cambio cuando las ideas y los proyectos son lo vedaderamente importante.

Soy partidaria de los cambios, de la evolución: no todo tiene que ser como hasta ahora, pero veo con cierta inquietud la osadía de los políticos emergentes que quieren hacer “borrón y cuenta nueva” e imponer su criterio porque (como dirían ellos en sus generalizaciones) “la vieja política es un desastre y aquí llegamos nosotros, los mesías ” omitiendo (no ignorando) que antes de ellos también hubo avance, desarrollo y democracia.

En este sentido, algunos quieren hacernos creer que se puede gobernar un país sin leyes, sin códigos, sin normas… y esto no es posible al asumir un puesto en una institución pública: hay que actuar de manera democrática. Vivir en Democracia, como en cualquier sistema de convivencia, no es hacer lo que quiero y cuando quiero, no es decir a la gente lo que quiere oír; vivir en Democracia es gobernar y tomar decisiones y, por suerte o por desgracia, la realidad siempre se impone: como se ha impuesto a los que fueron corruptos o a los que no cumplieron sus promesas electorales.

La corrupción, sin duda, ha provocado una de las peores generalizaciones que nos ha traído la crisis: el rechazo y desafección hacia la política y hacia los políticos. Esta situación se torna en cierta desgracia para cualquier sistema que se llame democrático, ya que es desde la política representativa donde se pueden tomar las decisiones y los acuerdos.

Estos días nos cansaremos de oír referencias a la nueva y a la vieja política cuando lo importante es saber distinguir entre la buena y la mala política. Innerarity, sin duda, lo expresa mejor.



Entre “la vieja y la nueva política”. Esta es la propuesta de Daniel Innerarity en una extensa tribuna en El País en la que parte de la siguiente consideración: “El deseo de transformación de la política está en buena medida relacionado con la renovación de nuestros dirigentes y, de algún modo, también con su rejuvenecimiento. Ahora bien, -se pregunta- ¿significa esto que lo nuevo es necesariamente mejor que lo viejo, los jóvenes más renovadores que los adultos, y más de fiar quien no tiene experiencia política que los de larga trayectoria?”

Retratemos a la mala política y quedémonos con la buena: busquémosla, y pongámosle nombre y apellidos, sin generalizar; solo así tomaremos una decisión correcta el próximo 20 de diciembre.

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