Niños y víctimas

Una noche tranquila después de cenar.

Me emociono con la simple imagen de mi hija sentada en el suelo del salón, jugando…

Su única preocupación en ese momento es ver hasta cuando puede retrasar la hora de irse a la cama: una mirada de soslayo y un “ya voy” poco convincente son el mejor regalo de esa noche; quiero mantener esa imagen.

Lo que he visto ese día a través de los medios es terrible. Quisiera borrarlo, quisiera que no existiera, pero tristemente se añade a lo que me contaron la semana pasada y el mes pasado, y hace un año y dos y tres.

Niños hambrientos, niños heridos, niños sufriendo, niños moribundos por los suelos, niños guerreros, niños prostituyéndose.

Guerras, ataques, bombardeos, indiferencia…

Desde mi salón siento que no puedo hacer nada, ni siquiera es útil el ciberactivismo que solo me libera subjetivamente de la carga del silencio y de la pasividad que veo en otros, en aquellos que sí pueden hacer algo.

Todo este dolor por la indiferencia y la falta de humanidad se rebosa cuando escucho a Samuel Aranda, del New York Times, sobre sus sensaciones y percepciones en Sierra Leona donde realizó este reportaje fotográfico sobre los estragos del Ébola.

Resulta que los supuestos esfuerzos de las instituciones internacionales a través de sus representantes desplazados a los países más afectados forman parte de una operación de cara a la galería más que de un efectivo plan de contingencia. Mientras, en los llamados hospitales, vemos niños tirados por los suelos sucios e infectados con segundos de futuro en sus miradas.

Razones para la incapacidad de abordar el problema hay muchas: países desestructurados, falta de seguridad e higiene, hábitos,  dotación económica insuficiente…  Pero la incompetencia es también fruto de la mala gestión de los recursos, de las políticas territoriales de las grandes potencias, las guerras farmacéuticas y la corrupción a mansalva.

Mientras, seguimos mirando  para tantos y tantos sitios (África, Gaza, Siria..etc)  con la mirada de la indiferencia, como si ellos y nosotros no compartiéramos el mismo planeta y como si las situaciones  que les afectan hoy  no nos tocaran nunca. ¡Qué prepotencia!

Me pregunto a menudo qué pasaría si por las calles de Madrid, Londres o París los cadáveres se amontonaran por las plazas, si los niños que sufrieran, murieran, fueran los nuestros.

Parece lejano pero nuestros niños  también pueden ser víctimas de los desmanes inhumanos que se realizan diariamente en nombre de no sé qué credos o estrategias.

A veces  ser humano es incomprensiblemente inhumano.

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Un pensamiento en “Niños y víctimas

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