La doble vara

La sociedad, y cualquiera de nosotros como parte de ella, tiene una doble vara de medir los acontecimientos según pertenezcan al ámbito público o privado, y según estos tengan o no repercusión en los medios de comunicación o redes sociales.

Como ejemplo de que cualquier situación vista desde dentro tiene un cariz distinto al que se percibe desde fuera, podemos mencionar el clima pre-electoral que estamos viviendo en España desde hace meses, también en Canarias, caracterizado por primarias, debates sobre posibles candidatos y también por sólidos cierres de filas e indefinición de estrategia.

Los que apuestan por la diferencia, por el debate público tienen mucho en contra. Aparentemente vivimos en democracia y deberíamos considerar de una manera más natural y sosegada la divergencia  y  la crítica constructiva, así como las diferentes alternativas que dentro de una misma organización puedan presentarse por una razón muy simple: la enriquecen y la mejoran.

Pero la sociedad no acepta fácilmente el conflicto, aunque sea sano. ¿Por qué vemos con mejores ojos aquellas organizaciones en las que no se oye una opinión disonante, aunque las haya, y  en la que no se reflejan críticas ni alternativas diferentes?

Cualquiera apostaría, rápido y de boquilla,  por un sistema democrático de decisiones consesuadas o al menos debatidas, que haga valer cada opinión antes que un sistema autoritario y de imposición. Lamentablemente desde el punto de vista mediático la balanza se inclina  a favor del criterio único, del mensaje uniforme y del líder indiscutido.

Esta situación, esta doble vara de medir, es consecuencia de vivir cara a la galería sin un mensaje claro y cercano, al estilo de cualquier familia que no lava sus trapos sucios en público y sonríe feliz cada vez que sale a la calle. Cuando las discusiones se oyen desde la plaza el vecino dice: los Gómez tienen un problema. Y no es un problema, lo raro sería que no hubiera una discusión, que no podamos decir “tengo un problema y quiero buscar la solución” y que nos refugiemos en climas de falsa calma para fingir un “todo va bien”.

Cierto es que para poder entender bien todos esos procesos de debate sería necesario más transparencia, más sinceridad, más cercanía de las organizaciones al sentir de los ciudadanos. Pero… ¿estamos cómo ciudadanos preparados para esa transparencia? ¿Sabríamos procesarla?

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