Siempre hay hueco para la fatalidad

En la vida, en nuestra vida, siempre hay hueco para la fatalidad.

Por mucha profesionalidad que tengan y mucha capacitación de nuestros médicos, conductores, pilotos, ingenieros, siempre hay un hueco por donde asoma lo imprevisto, la tragedia, la enfermedad, el error, y nos echa por tierra la confianza en la vida, en el mundo que vivimos.

Esa pérdida de fe está asociada a que creemos (y también nos han hecho creer) tener control sobre lo que pasa, sobre el planeta; que podemos evitar todo lo que nos hace daño, afrontarlo, solucionarlo… y nada hay más lejos de la realidad.

Lo imprevisto nos desarma y más aún cuando no podemos encontrar una explicación lógica sobre el por qué… y rápidamente, ávidos de encontrar explicaciones empezamos a dar razones, para tranquilizar nuestra conciencia, las conciencias; aunque para ello tengamos que encontrar a quién lapidar en plaza pública.

No siempre pasa lo que se prevé, y en ocasiones protegiéndonos de lo previsto sucede lo imprevisto… y ante ello solo podemos afrontarlo con serenidad y disposición para paliar el daño infringido.

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En este terrible accidente ferroviario, en el que tantas vidas y sueños se han truncado en unos segundos, las familias de las víctimas y los heridos son lo más importante, después esclarecer las responsabilidades… y mantener la cabeza fría es difícil.

Aceptar la fatalidad es muy duro.

 

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