Hoy… toca rescate

No puedo evitar escribir hoy sobre “el rescate”.

Cómo sustraerme a expresar un punto de vista, una cierta mirada al tema del día, al que pueden llamar de muchas formas, con ese afán por el uso del eufemismo, el crisieufemismo que llamo yo, entre los responsables políticos y económicos.

Dos cosas destacaría del hecho histórico al que hoy hemos asistido.

En primer lugar, la escasa relación que le ha querido dar el Gobierno de España a la recapitalización de los bancos y la economía personal y familiar. “Sólo va a afectar a los bancos, y  esta operación facilitará el crédito y contribuirá a aumentar la productividad”. ¿Es que la reforma del sistema financiero no va a afectar a quiénes lo sustentan? ¿Es que la deuda no va a revertir en la economía de cada uno de nosotros?

100.000 millones de euros son muchos millones y tienen que servir para salir del agujero en el que nos encontramos no para hundirnos más. Quiero pensar que quién reciba esos creditos, quién los gestione, tenga la cabeza suficiente para hacer un uso racional y responsable de esos recursos y pueda revertirlo en el bienestar de los que viven en España.

En segundo lugar, no puedo sino reiterar lo que escribí en este blog hace dos meses:

La falta de esperanza que abunda en nuestras calles requiere de responsables públicos que reflejen en sí mismos el coraje de los grandes dirigentes, ese coraje y convicción que transmita y convenza sobre la necesidad imperiosa de asumir las más duras decisiones y los sacrificios más extremos…

Creo que el presidente de nuestro Gobierno, el de todos los españoles, ha perdido no una, sino varias oportunidades, para simpatizar, al  más puro estilo inglés de la palabra, con el sentir de la gente, especialmente de aquellos que peor lo están pasando.

Los que le votaron y los que no, esperaban duras medidas de ajuste y transformación de un sistema que no daba más de sí. Pero la falta de “alma” en la explicación de las decisiones tomadas, la inseguridad transmitida y la falta de diálogo entre los de ahora y los de antes no han hecho sino reducir la ya mermada esperanza en que sean capaces de encontrar la solución.

Como sociedad somos responsables de este desaguisado y cada uno de nosotros tiene que contribuir en algo para salir de él. Ahora, quién tiene la responsabilidad de liderar el cambio tiene que hacerlo con la mirada firme y la cara al frente y, si puede ser, con un mensaje único y claro.

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